Capítulo 59
Capítulo 9
-Te llama el doctor José -oyó Moisés Carol que le decían. Sumido en la lectura de "El juguete rabioso", de Roberto Arlt, tardó un poco en percatarse de que alguien le hablaba.
-¡Dale!-insistió Sofía, la secretaria... -Te está esperando...
Cuando entró al despacho de José F. L. Castiglione, el director Editorial levantó la cabeza del diario Crítica, que leía, e indicando con el mentón una de las sillas frente a su escritorio, le dijo:
-Sentate, Moisés.
Él lo hizo.
-Nos ha llegado, esto, mirá… -continuó el director de El Liberal, extendiendo una nota mecanografiada, con membrete del Tercer Reich. Leyó:
Invitamos a destacar un periodista especializado de vuestro importante periódico para cubrir la Celebración por el regreso del territorio germánico de Austria a nuestra geografía...-decía, en su párrafo más importante- y consignaba la fecha: ...10 de abril de 1938... en el Estadio Luna Park, Buenos Aires...
Moisés miró el almanaque de Molina Campos, sobre la pared: "sábado", pensó...
-Este sábado...-dijo el Dr. Castiglione, como adivinando su pensamiento- ¿Podrás ir? Te reservaron un asiento en el avión donde van las principales autoridades de la delegación alemana en Santiago...
-Hoy es miércoles... -contestó Moisés Carol, para ganar tiempo...
-Sí-, contestó el director -tienes tiempo de sobra para preparar tu equipaje... volverán ese mismo domingo, por la mañana... podrás preparar un buen informe por la tarde, para que salga el lunes.
El viernes a las cinco de la tarde partieron desde una pista que los alemanes tenían en Vilmer, junto a otros dos aviones más, cada uno con seis pasajeros. Todos germanos, menos Moisés. Llegaron cerca de las 18:45, al aeropuerto gentilmente cedido por la Escuela de Aviación Militar, en la Ciudad de Buenos Aires. Saliendo de allí, una vez más Moisés se asombró de la inmensa diferencia paisajística entre la pequeña urbanización de Santiago del Estero y la de Buenos Aires. Mientras avanzaban en siete automóviles que la embajada había enviado a recogerlos, recorrían cuadras y cuadras flanqueadas por edificios gigantescos, primero casas opulentas con jardines exuberantes, clubes deportivos, grandes espacios arbolados por completo, parques, luego rascacielos, kilómetros de ciudad donde ningún edificio tenía menos de diez o quince pisos, a los costados.
-¿Por qué nos comparamos? -se cuestionó Moisés- ...los santiagueños somos otra cosa... no sé muy bien qué... pero no encajamos en el modelo de urbanización europeizante...
-¿Viene seguido a Buenos Aires? -le preguntó justo ese momento el capitán Heinrich Müller, quien, junto a otro oficial y el chofer adelante, avanzaban en el mismo automóvil.
-No mucho...-dijo Moisés, sin más aclaraciones.
-¿No le gusta?-insistió el alemán, quien buscaba, evidentemente, iniciar una conversación.
-No -admitió el periodista de El Liberal.-Me gusta la naturaleza... el monte... las serranías de Tucumán y de Córdoba... las montañas de Salta... en fin... Me siento cómodo en nuestras tierras.
-¡Yo también!-celebró el capitán Müller... -¡En Alemania eludo las ciudades! ¡No me gustan las ciudades!...
Pero estaban llegando al hotel, así que no pudieron profundizar en la conversación. Dirigiéndose cada uno a sus habitaciones.
A las nueve y media de la mañana estuvieron ingresando al gigantesco anfiteatro del estadio Luna Park. Había ya una multitud adentro, Moisés se preguntó si podría ingresar toda la inmensa masa de gente a través de la que habían tenido que pasar, fuera, para llegar a la entrada. “El 90 por ciento de los que vi eran rubios”, se dijo Moisés, para sus adentros. “¿Tenemos tantos alemanes en Argentina?”, reflexionó. Evidentemente sí, pues los diarios de la tarde y del día siguiente repetirían que “la concentración realizada en el Luna Park el 10 de abril de 1938”, había sido “el mayor acto celebrado por el nazismo fuera de las fronteras alemanas en toda su historia”. Repitiendo la información difundida por el diario Deutsche La Plata Zeitung, por entonces el medio en idioma alemán de más tirada en toda América latina.
Pero aún faltaba para eso. Moisés se dirigió a la platea destinada para la prensa, donde estaban ya una treintena de sus colegas, incluyendo algunas mujeres, fotógrafos y tres o cuatro camarógrafos con sus voluminosas máquinas filmadoras cinematográficas.
En las plateas de honor se distinguía la presencia de destacadas figuras políticas y sociales, como el gobernador de Buenos Aires, Manuel Fresco, y su ministro de Gobierno, Roberto Noble, y a su lado el santiagueño Adeodato Herrera, que Moisés reconoció enseguida. Además, militares argentinos de uniforme, y nacionalistas conspicuos como Joaquín Anchorena, Estanislao Zeballos, Luis Agote, Federico Martínez de Hoz, Manuel Carlés y otros de la UCR, como Manuel María de Iriondo, Carlos M. Noel, Leopoldo Melo y Vicente Gallo.
Moisés calculó unos cincuenta jóvenes con banderas, uniformados con camisas marrón oscuro y brazaletes con la cruz esvástica ubicados contra la pared en el gran escenario. Detrás, en letras góticas, colgaba una bandera con la leyenda ‘Heil Führer’ y otra, con el eslogan: Ein Volk, eine Nation, ein Anführer.
En ambos extremos del escenario flameaban la bandera argentina y la alemana, que llevaba en el centro una gran cruz esvástica.
«¡Heil Hitler!», bramaba la multitud, mientras el estadio terminaba de llenarse.
-Si no fuera por el detalle de la bandera argentina sobre el escenario, cualquier observador desinformado podría creer que asiste a un acto en cualquier gran ciudad de Alemania, -exclamó una joven periodista que se había sentado junto Moisés.
-¿De qué medio eres? -le preguntó, a modo de respuesta, Moisés Carol.
-La Nación- contestó ella- ¿y vos?
-El Liberal, Santiago del Estero.
En ese momento la voz del locutor, que se dirigía a la multitud en castellano y alemán, anunció que “se ejecutarían los himnos de ambas naciones hermanas”: el argentino, y el alemán.
Resultó impresionante el modo como la multitud, a voz en cuello, cantaba el Himno Nacional Argentino en posición de firmes y haciendo el saludo nazi con el brazo extendido. Para repetir luego esta actitud durante su entonamiento de las canciones patrias alemanas, Das Lied der Deutschen (también conocido como Deutschlandlied) y el Horst-Wessel-Lied. Dado que su himno nacional no tenía un solo nombre, sino que estaba compuesto por dos canciones utilizadas de manera oficial y conjunta. El nombre del himno era, de hecho, la combinación de “Das Lied der Deutschen” (también conocido como “Deutschlandlied”) y el “Horst-Wessel-Lied”.
Das Lied der Deutschen (El Cantar de los Alemanes) usado desde 1933, comenzaba con “Deutschland, Deutschland über alles”. Momento en que Moisés pudo observar lágrimas en algunos de los rostros cercanos a su ubicación. Deduciendo que posiblemente se trataba de inmigrantes, o hijos de ellos -pues había muchos jóvenes, tanto varones como mujeres-, emocionados por la nostalgia de su patria. Luego Horst-Wessel-Lied (La Canción de Horst Wessel), himno del Partido Nacional Socialista, También conocido por su primer verso “Die Fahne hoch” (La bandera en alto). Moisés se había informado, antes de venir, de que en las ceremonias oficiales de la Alemania actual, se cantaba la primera estrofa del Deutschlandlied y, a continuación, el Horst-Wessel-Lied. Por ley, esta combinación de canciones constituía el símbolo nacional.
Edmund von Thermann, embajador alemán en la Argentina, fue el primer orador de la jornada. De fuertes vinculaciones con políticos y militares argentinos, el embajador agradeció en primer lugar al Ejército y a la Policía Argentina, quienes habían “garantizado que este acto se estuviera desarrollando en paz, y lo continuarían haciendo hasta su seguramente tranquila desconcentración”. Luego agradeció y mencionó, también, al presidente de la Argentina, Roberto Marcelino Ortiz, y a su “distinguido gabinete”, mencionando uno por uno a sus integrantes. Para pasar luego a la enumeración de las autoridades de la Cámara de Diputados, el Senado de la Nación y el intendente municipal de la Ciudad de Buenos Aires.
En el núcleo central de su discurso, destacó que “la gran colonia alemana en Argentina, ya no era el puñado de connacionales que, hacía las décadas de 1860 y 1870 habían partido en busca de horizontes promisorios”, sino, en sus terceras generaciones, “argentinos de pura ley”, y también, sin que resultara esto para nada contrastante, “fervorosos alemanes”.
Destacó que “para 1938 el germanismo había ganado terreno de manera notoria dentro de la comunidad alemana. Y que el libro del Führer, Mi Lucha, “se lee en los colegios bilingües y clubes como el Teutonia de Tigre, el Alemán y el Hípico Alemán”, además de ser “difundidos y solicitados por miles de argentinos simpatizantes”.
Dio lectura, después, a una lista de adhesiones: en primer lugar, por cierto, la del Führer y sus ministros -entre los cuales destacaba la del argentino Walther Darré, ministro de Agricultura de Hitler. Nacido en Buenos Aires el 14 de julio de 1895, era hijo del alemán Richard Darré y la argentina Emilie Lagergrende, un matrimonio de alta posición económica que, poco después, se trasladó a la Patagonia, donde el niño pasó parte de su infancia.
El acto continuó con el fervoroso discurso del encargado de negocios de Alemania, Otto Meynen. El diplomático afirmó que la anexión de Austria a la gran Alemania, había constituído un acontecimento comparable “con la argentina Revolución de Mayo”.
La Anschluss –como se llamó a la anexión – se había consumado desde la segunda quincena de marzo, cuando las Wehrmacht invadieran, sin resistencia alguna por parte del ejército austríaco, al Estado Federal de Austria, convirtiéndola en una provincia alemana más. Luego, para consolidar su legalidad, el Tercer Reich realizó un plebiscito, cuyo resultado fue un apabullante 99.73% a favor del “sí”. Este referéndum se repetiría en Argentina. Con parecido resultado al anterior, por parte de nuestra comunidad germánica. Que por entonces constituía, según las estadísticas existentes, en unas 30.000 familias.
Con parecido fervor, sin incidentes de ningún tipo, la ceremonia continuaría desarrollándose ordenadamente, hasta las 12:30. Hora en que se la dio por terminada, comenzando una organizada desconcentración.
Moisés se excusó con sus anfitriones alegando la visita a una familiar anciana, que había formado, supuestamente, parte de su infancia. En realidad, quería almorzar solo, en cualquier restaurante, para procesar lo que había vivido. Y comenzar a preparar, luego, una síntesis informativa, asegurándose que saliera mañana, domingo. Anticipando otra nota, más extensa y conceptual, para el lunes. La cual esperaba redactar, más cómodo, en su tranquila morada de Chumillo, Santiago del Estero.
En uno de los numerosos bares en las calles que corrían perpendicularmente a la Avenida Corrientes, almorzó livianamente una costeleta con puré. Con naranjada y un pequeño flan keto.
Cuando salió del bar, como a las tres de la tarde, los canillitas habían comenzado a vocear las ediciones de los vespertinos, que habían anticipado su edición para consignar detalles del gran acto nacional socialista alemán, vivido por él personalmente esa mañana.
Compró La Nación y La Prensa, así como los diarios de la tarde, Crítica, La Razón y Noticias Gráficas. Desplegándolos sobre su cama del hotel, media hora más tarde, revisó todas las notas periodísticas sobre la concentración en el Luna Park.
Cuando se aseguró que ninguno revelaba algún aspecto de la concentración que se le hubiera escapado, llamó por teléfono a Santiago, para comunicarse con El Liberal. La operadora de la Unión Telefónica del Río de la Plata, le dijo que tendrían treinta minutos de demora.
Entonces, solo apretando la horquilla y soltándola de nuevo, se comunicó en ese mismo acto con la conserjería del hotel, para pedir que le enviaran un café mediano.
Al levantar el tubo, un rato más tarde, escuchó la voz de Jota Jiménez y luego de saludarlo, le dictó lo esencial de la noticia sobre este acontecimiento destinada a salir mañana. Lo cual el periodista santiagueño copiaba rápidamente con redacción taquigráfica, manual. Para después ser mecanografiada y finalmente -esto sucedería, normalmente, como a las seis de la tarde, ser pasada a la sección tipográfica. Donde varias máquinas fundidoras convertían en líneas de plomo, del ancho en que se imprimían las columnas del diario, los textos provistos por los periodistas en papel, que debían ser tipeados nuevamente por el operador de la máquina fundidora. A medida que se iban formando las columnas, un peón debía retirarlas para entregárselas al armador tipográfico. Quien construía el diario, página por página, como un rompecabezas. Con las columnas compuestas por líneas de plomo. Dejando, virtuosamente, espacios vacíos, que serían llenados con clisés. Con las por entonces escasas fotografías que se publicaban, grabadas por un proceso semejante a la revelación de negativos, sobre una aleación metálica en una placa, que se montaba sobre madera para alcanzar la misma altura de las columnas de plomo.
Moisés volvió a salir, como a las ocho de la noche, para pasear un poco y luego cenar. No le ocurrió nada digno de recordar durante su vagabundeo por las atiborradas calles céntricas de la gran ciudad. Así que otra vez, acudiendo al primer restaurante barato que se le presentó a la vista, sobre la calle Paraná, pidió esta vez milanesas a la napolitana con huevos fritos. Y una jarra de vino tinto, con un cuarto litro. Como postre, dulce de batata con queso. Luego, ya tranquilo y somnoliento tras el atracón, regresó caminando lentamente a su muy provisorio hogar. Debía dormir bien, pues al día siguiente estaba previsto que el avión de regreso a Santiago saliera a las 9:30 de la mañana.
Ya en pijama y descalzo, se le ocurrió encender la radio. Recién entonces se enteró de algo que no había puesto en su informe: casi en forma simultánea al acto nazi del Luna Park, se habían efectuado protestas públicas organizadas por el Partido Comunista, algunos liberales, organizaciones judías, socialistas democráticos y republicanos españoles, y la Federación Universitaria Argentina. También con miles de participantes. Las cuales, habían sido brutalmente reprimidas por la Policía de Buenos Aires. Ordenadas por su jefe, Carlos Suárez Pinto Noble.
Pinto Noble, venía del Partido Socialista; estuvo en el golpe de 1930 con los militares fascistas. Había sido, luego, uno de los diputados que votara el pacto Roca Runciman con los ingleses, pasando más tarde a militar como admirador de los alemanes nazis.
Mientras escuchaba la información radial, Moisés recordó que este Pinto Noble había sido anunciado como una de las figuras del acto y largamente aplaudido.
Ningún diario había publicado estos incidentes, pensó Moisés. Mientras seguía escuchando:
Las asociaciones judías de Buenos Aires habían dado a conocer comunicados de repudio y la Federación Universitaria Argentina convocó a una concentración estudiantil y ciudadana en la Plaza San Martín para desde allí marchar hacia el Luna Park.
El presidente Ortiz, a través del Ministerio del Interior, no había autorizado el acto de la FUA. Con la excusa de que “no tenía policías suficientes para garantizar la seguridad de los manifestantes, porque la mayoría de los efectivos habían sido asignados al acto del Luna Park”.
Los estudiantes se movilizaron igual, junto a militantes socialistas y radicales, y a la misma hora del inicio de la celebración nazi, en la Plaza San Martín se habían reunido unas cinco mil personas. En ese momento, unos doscientos agentes de la policía montada y del cuerpo de infantería iniciaron una violenta represión. La cual había arrojado un saldo de decenas de detenidos y heridos.
Los manifestantes, en lugar de dispersarse, se dirigieron a la calle Corrientes y atacaron a piedrazos a los comercios alemanes. Especialmente a aquellos cuyos dueños no ocultaban sus simpatías nazis, colgando una bandera con la esvástica en sus vidrieras, junto a la alemana. La policía impidió que la multitud se acercara por Corrientes al Luna Park, pero no pudo evitar que los disturbios se expandieran por todo el centro porteño. La represión fue brutal y dejó dos muertos tendidos en la calle.
Ninguno de ellos tenía que ver con la protesta. Uno, Toribio Santos, un español de 40 años, murió pisoteado por un caballo de la montada en la esquina de Libertad y Paraguay; el otro, Juan Camino, un argentino de 73 años, cayó sobre el asfalto cuando intentaba huir de la trifulca que lo sorprendió caminando tranquilamente por cerca de la Plaza San Martín.
-¡Qué pelotudo!- se gritó a sí mismo Moisés Carol... ¿adónde estaba yo cuando ocurría todo esto? ¡No me enteré de nada! Olvidándose que estaba descalzo asestó una patada a la mesita de luz, que le recalcó el dedo gordo de un pie, y lo despertaría dos o tres veces, luego, cuando se acostara.
-Llamo ya mismo a El Liberal.
-Veinte minutos de demora...-oyó que la operadora le contestaba.
-Tomo la llamada.
Cuando esta por fin lo comunicó, escuchó la voz de Splanguño al otro lado.
-¿Tienes papel y lápiz a mano? -preguntó Moisés, sin saludar.
-Sí-contestó el otro.
-Tomá nota-, ordenó entonces. E hizo una síntesis de todo lo que había escuchado por el informativo radial.
-¿Para cuándo es esto?- le preguntó Splanguño.
-Para mañana- contestó Carol.
-Ya están casi todas las páginas armadas...
-¡No importa! ¡Busquen un agujero! ¡En cualquier página!... Esto tiene que salir, sí o sí.



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