Capítulo 67
Capítulo 17
Moisés Carol llegó un martes de enero a La Banda; se trasladó en Mateo hasta la casa de su padre, donde se encontró con que el juez Absalón Carol estaba ausente. Había viajado a Tucumán, donde participaba en un simposio judicial del Noroeste. Mejor, se dijo, podré disponer de la casa y el auto a mis anchas.
Efectivamente, a la mañana siguiente viajó tranquilamente a Garza en el reluciente Ford Sedan De Luxe que había adquirido hace apenas dos meses su padre. Traía la palanca de cambios junto al volante, cosa que le causó asombro y gratificación, pues era ahora apenas un delicado pedúnculo plateado, que permitía entrar los cambios de un modo suave -además de la ganancia de espacio que significaba quitar aquel antiguo hierro emergente de en medio del piso. Esta línea de automóviles Ford era, además, la primera con un frontal de terminados más austeros; mientras la otra tenía más cromados, esta, de 1939, traía detalles como el llamativo timón tipo “banjo” -con finas barras cromadas al interior, semejantes al del instrumento musical- y una parrilla más baja y en punta, compuesta por refinadas barras recubiertas verticales.
Los sirvientes no tomaron con agrado la apropiación del flamante automóvil por el hijo “ocioso” del patrón, cosa que percibía Moisés aunque no dijesen nada. Como tantas otras pequeñeces amargas que debía soportar cuando se integraba temporariamente a la manada familiar, prefirió ignorarla y continuar con el rumbo existencial que había adoptado hacían ya unos cuatro años antes, cuando renunciara a la administración de los campos productivos que los Carol poseían en el centro y el Sur de Santiago.
Ahora trabajaba en el diario La Prensa, de Buenos Aires. Vivía allá -al menos, por algún tiempo-, con un salario apenas más alto del que percibía en El Liberal, dinero que en la capital argentina alcanzaba apenas para alquilar una pieza de pensión y subsistir una existencia carente de vanidades.
Divisó Garza como a las tres de la tarde. Pronto estuvo en la casa de su mejor amigo, Alberto Revainera. Sólo para enterarse, por su mujer, quien lo atendió somnolienta, ya que había interrumpido su siesta, que Alberto se había ido, después de almorzar, al campo... donde estaban cavando, junto con otros, una acequia de riego.
-¿Adónde?...
-Como a media legua de aquí... -contestó la mujer.
Adivinando sus pensamientos, pues él calibraba las consecuencias que podrían traerle luego, por parte de su padre y familia, si se metía con el auto nuevo por caminos de tierra en medio del monte, la esposa de Alberto llamó a una sirvienta. Ordenándole:
-Llamalo a Cirilo. Que traiga el sulky-y volviéndose a Moisés le aclaró:
-Mejor que te lleven en sulky, hasta allí no se puede ir en auto.
Una hora después se sorprendió al hallar a su amigo metido hasta las rodillas en el barro, con el torso desnudo, cavando una gran zanja junto a varios peones. Al verlo, salió dejando la pala a un costado y caminó hacia él, sonriente. Llevaba botas de goma, que le llegaban hasta la rodilla, sobre un viejo pantalón de montar.
-¿Qué haces?-se asombró Moisés- ¿Te has proletarizado?
-Así es... -contestó Alberto-. Creo que un buen patrón es aquel que conoce por experiencia propia cómo es la vida de sus asalariados...
-La primera vez que lo veo en un estanciero...-murmuró Moisés Carol, quien parecía no salir de su asombro.
-Lo empecé a pensar desde mucho tiempo atrás... ahora lo llevo a la práctica.
Y de regreso en la confortable casona, en el centro de la pequeña pero bastante urbanizada población de Garza, mientras tomaban un té en la biblioteca de Alberto, este le contaría más detalles del proceso de transformación interna que había ido incorporando a su práctica cotidiana en los últimos años.
-Cuando no me reeligieron como presidente de la Sociedad Rural, comprendí que ya no formaba parte de esa clase social mezquina y egocéntrica. Recordarás -pues te lo conté-, que ante la sequía que comenzó en 1936 y 1937- había propuesto, algo que había comenzado a practicar yo, en mis campos, a todos los miembros de la Comisión Directiva: invertir parte de nuestras ganancias en comprar agua, para proveer eficientemente a nuestros miles de peones, que viven alejados de los centros potabilizadores.
“Primero se sorprendieron. Después comenzaron a murmurar que me había vuelto loco. Finalmente, terminaron haciéndome el vacío, no concurriendo a las reuniones y por último votando mayoritariamente a Pedro Pagés para que se hiciera cargo de la presidencia.
-Y respecto de tus peones... ¿qué tienes pensado? ¿formar una cooperativa? ¿Darles porciones de tus tierras, para que las trabajen con sus familias?
-No. He leído la experiencia de León Tolstoi, y eso me convenció de que terminamos perjudicándolos, si damos a personas que no están preparadas, ni siquiera se plantearon nunca, manejar un campo, darles, digo, la responsabilidad de generar una empresa rentable... En Rusia, los campesinos de Tolstoi terminaban en el fracaso total, abandonando los campos...
-Coincido con vos...
Estuvieron largo rato conversando. Cosa que no hacían desde más de seis meses atrás.
-¿Y los alemanes de Garza? ¿Están allí o se fueron por la guerra?- preguntó Moisés.
-Están aquí... contestó Alberto...
-¿Y qué hacen?
-No se saben... ahora se han encerrado un poco más... en sus áreas de producción, en sus campos...
-En Buenos Aires se dice que tienen una red de contención estratégica, en todo el país... que incluye tanto el aporte de bases para potenciales acciones bélicas en el área Pacífico, como espacios de reserva tecnológica y financiera en varias provincias, incluyendo bancos- aportó Moisés.
-Seguramente...- aunque me parece, por datos sueltos, que aparecen por ahí, que deben estar poniendo más recursos en el Sur... en ambos lados de la cordillera...
Moisés se quedó a cenar con la familia de su amigo. Alberto lo disuadió de regresar en la oscuridad. En ese comienzo de 1940, la ruta 34, estaba pavimentada sólo en algunos tramos. Por allí iban y venían grandes camiones, de carga, pues conectaba directamente Buenos Aires con Tucumán, Salta y Jujuy. También trajinaban constantemente aquella superficie carros carboneros, con grandes ruedas blindadas, sulkys transportando familia, todo tipo de coches tirados por equinos, etcétera... lo cual, generaba irregularidades peligrosas, que se debía eludir. Ello era posible casi únicamente bajo la luz del día. De noche, se corría el riesgo de quedar atrapado en algún pozo, o, a cierta velocidad, de volcar, cuando se viajaba en automóvil y a una velocidad que superase los 40 o 50 kilómetros por hora.
Al día siguiente, en vez de regresar, fueron hasta Añatuya, a visitar a Federico Frenkel. Un viejo amigo de ambos.
Así pasaron varios días, entre conversaciones amables, almuerzos y cenas con aquellas personas tan cálidas como eran quienes habitaban por entonces las zonas rurales de Santiago. Una antigua sabiduría había permanecido a través de los siglos en aquellos santiagueños y santiagueñas. Impregnando todas las clases sociales. Esto hacía deliciosa la permanencia en sus moradas, profundamente agradables sus conversaciones.
Por fin regresó. Una semana después. Sólo para afrontar las quejas de su padre, y la existencia ambiguamente urbana de las clases medias, en la capital.
Moisés preparaba por entonces una extensa novela. Que se había propuesto escribir, en la medida que sus ocupaciones “periodísticas” se lo permitieran. Aspiraba proyectar allí sus complejas percepciones sociales, antropológicas, políticas, económicas, para describir a la clase media-alta en la que se había criado. Describirla sin concesiones, aunque también con afecto y conmiseración, en parte, por su destino subalterno. La titularía Lucro y Enigma.
Moisés pensaba todo esto en su asiento junto a la ventanilla del tren Estrella del Norte. A través de la cual veía pasar hacia atrás el paisaje de su amado Santiago del Estero. Que se había visto obligado abandonar debido a la creciente hostilidad encubierta que descubría en sus relaciones familiares, sociales y laborales cotidianas.
“Santiago”, pensó, comenzó como un reino mágico, donde habitaban humanos maravillosos y culturas racionales y metafísicas extraordinarias. Continuó con el criminal trauma de la conquista y esclavización que le asestaron los europeos, convirtiéndolo en un sistema feudal fallido, en el cual nunca se pudo injertar el modelo capitalista al estilo de las oligarquías británicas y francesas. Naufragando por fin durante el proceso independentista en una ambigüedad inmovilizante, que convertiría a lo largo del siglo XIX a sus terratenientes e industriales en lacayos de las grandes concentraciones capitalistas ingleses, hasta hoy -1940-, hoy avanzando a grandes trancos a cambiar sus patrones ingleses por los norteamericanos.
En dicho contexto, sus clases medias o ex aristocracias provincianas, habían caído en la tortura de un cepo cultural en el que eran vistos por sus “pares” porteños, santafesinos y cordobeses, como “indios disfrazados de occidentales”, aún habiéndose distanciado tanto ellos -nosotros, gente de pro- de nuestros propios “indios”: los mestizos, negros, blancos pero pobres, gringos “fracasados”, que habitaban los cada vez más nutridos barrios aledaños distanciados del centro de la ciudad capital. Donde se acumulaba de un modo variopinto una pequeño burguesía acomplejada y mayormente hipócrita. En el centro de la ciudad, tanto se podían encontrar antiguos terratenientes venidos económicamente a menos, u otros relativamente afortunados, conservando fortunas considerables y aumentándolas más o menos por medio de todo tipo de transacciones, especialmente bancarias. Junto a un enjambre de notarios, comerciantes medianos o chicos, empleados públicos de todo tipo, y un pequeño porcentaje de políticos.
Sobre esta clase particularmente quería escribir su novela, Moisés -algo había escrito ya-: la clase media acomodada santiagueña. Que a la vez representaba un verdadero tesoro cultural, más allá de sus claudicaciones éticas innumerables. Pues entre sus miembros, se conservaban prístinamente los mejores valores estéticos, filosóficos, teológicos, morales, de la riquísima evolución integral de nuestra provincia de Santiago del Estero. La más antigua, más auténtica, y -precisamente por ello- la más culta de toda la Argentina.



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