Capítulo 62
Capítulo 12
Como a las once y media de la mañana, Casimiro González Trilla se acicaló por última vez frente al espejo, y luego salió caminando hacia la casa de su amigo Arturo Zorrilla. Quien lo había invitado a la fiestita por el cumpleaños de su hijo Carlos. Casimiro -con sus ya 59 años a cuestas-, participaría de un selecto grupo de notables que don Arturo agasajaría personalmente, mientras los niños celebrarían y festejarían en otros ámbitos de la muy amplia casa, que ocupaba una esquina entera y un radio total de media hectárea, con patio incluido, donde había hasta un pequeño lago rodeado de banquetas talladas en piedra.
González Trilla había consolidado ya su imprenta, y su periódico “El Friense”; se había vuelto a casar con una joven de Frías, teniendo ya, junto a los de sus anteriores esposas, un total de nueve hijos. Pensando en esto, divisó la esquina de los Zorrilla, donde se percibía desde la distancia un entrar y salir de numerosas personas, principalmente mujeres y niños.
A don Arturo Zorrilla le gustaba hablar de historia, política, genealogías -particularmente esta última área, donde siempre terminaba contándole algún aspecto omitido en anteriores encuentros, sobre su propia familia. Le quemaba en el alma la decisión de su padre, quien se había suicidado. Tan sólo por una sospecha de que su último hijo, era producto de una infidelidad de su joven esposa, una descendiente de pobres inmigrantes italianos. A la que prácticamente adoptara don Emilio, cuando llegara a Frías, viudo, con su primer hijo veinteañero, y el cargo de Encargado del Ferrocarril anglo-francés, junto al maquinista inglés, don William Lambert.
Al llegar a la casona Casimiro distinguió a los Monti, Bentivoglio, y al médico Zurita, pariente de don Arturo Zorrilla. Saludando con primoroso respeto, una a una, a las numerosas mujeres que trajinaban entre la cocina, el comedor y el patio de la vivienda, para atender a los cerca de treinta niños y niñas de entre cinco y doce años que correteaban por los pasillos.
Finalmente, se instaló al lado de don Arturo Zorrilla, a la sazón escribano público de la ciudad, saludándose ambos con afecto. Seis hombres más completaban el grupo de comensales, para quienes se había dispuesto una ancha mesa en este ámbito amplio de las habitaciones internas.
-Frías debería ser la capital de Santiago... -exclamó don Arturo, muy convencido de ello: -En este momento, junto con Añatuya, Tintina y Weisburd, somos el eje productivo más importante del Noroeste Argentino. Santiago, la capital, no es hoy más que una mera posta administrativa. Burocrática e ineficiente.
“La ubicación mediterránea de Frías y su área de influencia, la ubican en un enclave estratégico. Dado que en ella se interceptan los principales corredores interoceánicos y panamericanos de esta parte de América del Sur. Su posición es equidistante a los puertos del río de la Plata, de las poblaciones bolivianas, de los puertos chilenos y de la capital de Paraguay.
“Desde nuestra ciudad hacia el Norte, tenemos 210 kilómetros hasta Tucumán; a Salta, 514 kilómetros, a Jujuy 552, a Santa Cruz de la Sierra 1.300 Km y a La Paz 1.600. Hacia el Sur, Rosario está situado a 741 Km, Buenos Aires 1.050, Bahía Blanca 1.316 kilómetros y Montevideo 1.327 kilómetros. Hacia el Este, Resistencia y Corrientes se ubican a 863 kilómetros, Asunción del Paraguay, a 1.150 kilómetros, Paranagua 2.100 kilómetros y Santos 2.500 kilómetros; hacia el Oeste el Paso de San Francisco se ubica a 741 Kilómetros; El Paso Aguas Negras, a 769; el Paso Peñas Negras, a 781; Coquimbo a 980 y Calderas a 1.021 kilómetros.
“Entonces tenemos -se entusiasmó don Arturo Zorrilla-, que esta área del centro de la República Argentina, ubicada en el extremo Sur-Oeste de la Provincia de Santiago del Estero, el cruce de la rutas que enlazan el norte con el sur
(Bolivia y el NOA, con Buenos Aires y la Pampa Húmeda), con las que vinculan el este con el oeste (el Chaco, la Mesopotamia, Paraguay, Brasil y el Océano Atlántico, con la salida al Pacífico por los puertos chilenos de Calderas y Coquimbo, a través de los pasos cordilleranos de San Francisco en Catamarca; Peñas Negras, en La Rioja y Aguas Negras en San Juan), la colocan en un lugar excepcional para constituirse en Capital de Santiago del Estero.
-Coincido con vos Arturo. Pero, ¿cómo le quitas el poder a esa pequeña oligarquía, que se ha establecido en Santiago? Vienen sobreviviendo desde la época de la Colonia, primero, por la fuerza, como los Ibarra y los Taboada. Ahora, por la astucia y la seducción. Desde Absalón Rojas hasta este que gobierna ahora, Cáceres, tuvieron la capacidad de atraer la simpatía de los porteños, desde Mitre, Sarmiento y Roca hasta los actuales mandamases, Uriburu, Patrón Costas, Ortiz, varios de ellos descendientes de familias norteñas.
Durante todo el almuerzo se debatiría este tema, entra los ocho varones, ya todos llegando a los 50 o 60 años de edad. Después, Casimiro y Arturo se sentarían solos a tomar un café en el patio, junto a una mesita de piedra lisa con patas fundidas en hierro pintado de blanco.
-Nosotros no inventamos descendencias nobiliarias, como muchos de la triste oligarquía santiagueña que nos gobierna hoy... nosotros, los Zorrilla, somos descendientes de campesinos... de nuestros ancestros españoles, no sabemos nada... seguramente eran gente necesitada, pues nadie emigra tan lejos por amor al arte... -comenzó su discurso habitual don Arturo, y Casimiro se preparó para escuchar, otra vez, nuevos matices de su versión histórica familiar.
-Los Zorrilla éramos originarios de Córdoba... fuimos migrando... a Catamarca primero, y luego, con la llegada de los ferrocarriles (décadas de 1870 y 1880), nos radicamos -no sé si definitivamente- en la ciudad de Frías.
“En ese tiempo de mi juventud, casi toda la población estaba compuesta por tres grupos de personas: inmigrantes italianos, inmigrantes árabes, y criollos. Desde que tengo memoria, los árabes vivieron separados, en una parte de la ciudad, y los italianos en otra. Aunque simulaban aceptación, por lo general se detestaban. Se armaban batallas campales, entre los adolescentes de cada barrio. Y cada etnia.
“A pesar de ello, la ciudad se convirtió en un cruce de culturas. Los Zorrilla, siempre ligados al ferrocarril y a mujeres con bienes, dejaron huellas en casas, mausoleos y hasta en los naranjos centenarios, que aún sobreviven, en nuestra casona familiar.
“Emilio Zorrilla, mi papá, fue originario de Caminiaga, cerca del Cerro Colorado (Córdoba). Los Zorrilla eran federales y combatieron contra los Reynafé, conservadores de la época. Emilio trabajó en el Ferrocarril Central Córdoba (luego Belgrano), inaugurado por Avellaneda, y fue encargado de la estación de Cosquín. Allí conoció a una joven de San Javier -en las sierras de Córdoba-, con quien me tuvieron a mí. Pero mi madre murió pronto y Emilio me crio a mí, solo, hasta que hice el servicio militar en Córdoba.
“Posteriormente, nos trasladamos -yo ya con veintiún años- a Frías para trabajar en el ferrocarril. Mi padre se vinculó con obrajes de durmientes, asociándose con un italiano de la zona. Yo me casé con la hija de este hombre y pasé a ser copropietario del obraje. Mi papá, ya casi anciano, por su parte, se unió con Telma Agüero, de San Antonio de la Paz (Catamarca). Con quien tuvo cuatro hijos: entre ellos Ángel Zorrilla (jefe de policía en Santiago) y Maruca Zorrilla de Corvalán, casada con un descendiente del general Paz.
“Más tarde, Emilio mantuvo una relación con la hermana de su esposa, Bitelma Agüero, quien quedó embarazada. Al descubrir que ella amaba al cartero de Frías y que el hijo no era suyo, Emilio se suicidó en el patio de la casa, entre los durmientes. Fue enterrado discretamente en el cementerio de Frías, y años después sus restos fueron trasladados al mausoleo familiar”.
Aquí don Arturo hizo una pausa. Casimiro no dejó de notar que al hablar de esta etapa en la existencia de su padre, el hombre cambiaba la persona verbal de su narración, para decir "Emilio", en vez de "mi papá", para referirse a su progenitor. Por un rato estuvieron callados, Casimiro respetando el silencio emocionado de don Arturo y este tratando de recuperar el hilo de su narración.
“La familia Zorrilla estuvo siempre ligada al ferrocarril -continuó, al fin-: Emilio, Arturo y Carlos trabajaron o fueron proveedores. La abuela Juana Felice, esposa de Arturo, recibió como regalo de boda, en 1908 una gran casa junto a la municipalidad de Frías, donde funcionaba el Registro Civil. -Y sigue funcionando hoy, como sabes-, acotó, mirándolo con una sonrisa.
“Frías, como estación ferroviaria, dividía territorios de Catamarca y Santiago; luego quedó íntegramente en Santiago. La ciudad recibió inmigrantes italianos y sirio-libaneses, que marcaron su identidad. Entre las familias italianas, los Felice se emparentaron con los Zorrilla.”
Estuvieron un rato más, Casimiro escuchando con atención, la historia familiar de su amigo, don Arturo rememorando: los naranjos plantados como regalo de boda para Josefina Zorrilla, hermana mayor del padre del narrador, los azulejos de los baños, importados de Norteamérica via Chile, y las fuentes art déco, del gran patio, las esculturas, traídas de Milán, que permanecían hasta ese momento en la casa de Frías, de estilo italiano, “tipo casa chorizo”.
Se acercó una mucama con delantal blanco, quien les preguntó:
-¿Desean los señores pasar al salón principal?... La familia quiere cantarle el “Feliz Cumpleaños” a Carlitos.




Comentarios
Publicar un comentario