Capítulo 65

 Capítulo 15



Olimpia Righetti caminaba junto a Edith Saganías por la Avellaneda hacia el este. Era una mañana agradable de primavera, en  1939. Iban al Lawn Tennis, Olimpia para actualizar su cuota de socia; se había atrasado en dos: Edith, la acompañaba. Antes de cruzar la ancha avenida Olaechea, ya divisaron desde la distancia a su amiga, Ilsa Hagen. La alemana que había venido con la delegación empresarial de su país, y luego de permanecer tres años y medio en Santiago del Estero, había decidido renunciar a su trabajo. Para quedarse a vivir aquí. Esta decisión había sorprendido a quienes no la conocían mucho, pues se suponía que dejar un trabajo bien remunerado, para una potencia mundial como en aquel momento estaba volviendo a ser Alemania, era una decisión casi absurda. Particularmente porque ello significaba optar por radicarse en una provincia "pobre", puesto que en Santiago del Estero prácticamente las únicas actividades productivas eran rurales, generalmente bajo dependencia subalterna de capitales foráneos. 

Edith y Olimpia, que la conocían más, debido a su amistad de décadas con su novio, el santiagueño Arturo del Malvar, atribuían en gran parte su decisión al amor. Como se narró en capítulos anteriores, Ilse Hagen y Arturo se habían cruzado por primera vez en Filipinas, durante el periodo que un Arturo veinteañero fuese a probar fortuna como emprendedor independiente en aquella semi colonia estadounidense. Mientras Ilse -también muy joven- permanecía allí junto a su entonces marido, ambos cumpliendo una misión diplomática (posiblemente de espionaje), durante aquel periodo de expansionismo japonés y estadounidense. De un modo paralelo al surgimiento del partido comunista y su guerra revolucionaria en China.

Siempre era interesante conversar con Ilsa. La vieron como abismada, junto a una de las esculturas del parque, con un libro al lado. Alborozadas, al encontrarse mutuamente, se saludaron con besos.

-¿Qué lees? -preguntó Olimpia.

-Esto... -respondió Ilse, mostrando una edición en francés...

-Bueno, te dejamos entonces, para que sigas leyendo, y nos vamos; no te molestamos más...-exclamó Edith...

-¡No!... ¡No me molestan en absoluto!... -respondió la alemana-... son mis únicas amigas aquí... ¡y las mejores! ¡pueden quedarse, si no están apuradas!...

-No estamos apuradas...-contestó Edith.

-¿Puedes comentarnos de qué trata este libro?-pidió Olimpia.

-Es un libro muy triste... pero útil... en un momento en que mi país, Alemania, se encamina aceleradamente hacia otra guerra monstruosa, me ayuda a justificar, también, mi decisión de abandonar para siempre mi patria... pues creo, otra vez, sigue un camino equivocado.

Edith se sentó junto a ella, para escucharla. Luego de algunos segundos expectantes, la joven alemana comenzó a describir, resumido, el argumento de Viaje al fin de la noche, del francés Louis Ferdinand Céline.

-Es crucial resaltar los temas centrales- comenzó Ilsa: el desencanto total, la denuncia de la hipocresía, el absurdo de la guerra y el capitalismo, y el nihilismo del protagonista. También sería útil vincularlo a conceptos como alienación, crítica al colonialismo o la construcción social de la realidad.

“Terminaría con una reflexión sobre su vigencia y su valor como documento de época y como obra literaria, que quizá no dé respuestas pero formula preguntas incómodas. 

“El punto de partida: un héroe que no quería serlo. Todo comienza en la Place Clichy, en París, antes de la guerra. Ferdinand Bardamu —joven, inquieto, sin un rumbo claro— está discutiendo con su amigo Arthur. Hablan de la raza francesa, de la patria, del amor... tonterías. Pero pasa un regimiento, con su coronel gallardo al frente, y Bardamu, arrastrado por ese impulso estúpido que llamamos patriotismo, se alista. "¡Aquí estoy y aquí me quedo!", grita. Cree que va a vivir una aventura heroica. Pero en cuanto llega al frente, la realidad se impone: balas, barro, oficiales imbéciles, un coronel que se pasea entre las trayectorias como si esperara un tranvía. Y Bardamu descubre que la guerra no es más que una carnicería organizada por locos. "¿Seré acaso el único cobarde de la tierra?", se pregunta. Pero no: descubre que el miedo es lo único sensato.

“Céline nos dice algo clave aquí: el heroísmo es una estafa. La guerra es el lugar donde el Estado te pide que mueras para que otros sigan ganando dinero. Y Bardamu, en lugar de resignarse, decide sobrevivir.

“También hay mujeres: Lola, Musyne... y el amor como farsa... De vuelta en París, herido y condecorado (irónicamente), Bardamu conoce a Lola, una enfermera americana. Se enamora —o cree enamorarse— pero pronto descubre que ella ama más a su ideal de Francia que a él. Lola representa la pureza patriótica: cree en la guerra, en los buñuelos para los soldados, en la misión sagrada. Bardamu, que ya ha visto el infierno, no puede compartir su entusiasmo. Terminan separados.

“Luego viene Musyne, una ejecutante de violín oportunista que se aprovecha de la guerra para medrar. Bardamu la ama, pero ella lo engaña con argentinos ricos. El amor, para Céline, es otra mentira, un consuelo de pobres que siempre termina en desilusión. "El amor es el infinito puesto al alcance de los caniches", dice Bardamu.

Céline critica la idealización del amor romántico: es otra forma de autoengaño, un refugio que no salva de la miseria ni de la muerte.”

Aquí, Ilse efectuó una pausa. Y miró a sus amigas, por unos segundos, pero ellas estaban mudas, conmovidas. Entonces continuó:

“Se va al África: solo para toparse allí con el colonialismo como un canibalismo refinado...

“Harto de París y de sus farsas, Bardamu se embarca hacia el África. Cree que allí encontrará fortuna. ¿Qué encuentra? El colonialismo en su expresión más cruda: explotación, racismo, violencia institucionalizada. Los negros son tratados como bestias; los blancos, como depredadores enloquecidos por el calor y el alcohol. Bardamu ve cómo el "civilizador" europeo es, en realidad, un tirano sádico. El director de la compañía le dice: "Antes se comían entre tribus; ahora, gracias a nosotros, solo trabajan para pagar impuestos".

“En la selva, Bardamu enferma, es robado, casi muere. Pero también conoce a Alcide, un sargento que ahorra cada céntimo para enviar a su sobrina huérfana a un colegio. En medio de tanta podredumbre, aparece un destello de humanidad auténtica. Céline nos muestra que el bien no es una cuestión de ideales, sino de acciones concretas.

“Por fin, América del Norte: el sueño del progreso, la realidad del abismo...

“Bardamu llega a Nueva York. La ciudad vertical, el dinero, las mujeres bellas, el cine... todo parece prometer una vida nueva. Pero pronto descubre que el sueño americano es otro espejismo. En la fábrica Ford, los obreros son piezas intercambiables de una máquina. El trabajo no humaniza: embrutece. "No has venido aquí para pensar", le dice el médico de la fábrica. "Haz los gestos que te ordenan".

“Bardamu conoce a Molly, una prostituta de buen corazón que le ofrece amor y estabilidad. Pero él no puede quedarse. Tiene el vicio de huir. "El viajero solitario es el que llega más lejos", le dice Molly. Y él se va, porque su verdad no es la felicidad burguesa, sino la búsqueda incesante —aunque sin rumbo— del fin de la noche.”

Nuevamente una pausa de Ilse; nuevamente, solo el silencio arrobado de sus amigas. Entonces, continúa:

“Céline critica el capitalismo fordista y la alienación: el trabajo industrial convierte al hombre en un apéndice de la máquina. La felicidad prometida por el consumo es una trampa. Desconcertado... -desamparado- decide volver a Francia: solo para encontrar el horror, en un patio de su vecindad...

“Bardamu vuelve a París, se doctora en medicina y se instala en La Garenne-Rancy, un suburbio pobre. Allí ejerce como médico de barrio. Ya no hay guerras ni selvas ni rascacielos. Ahora el horror es cotidiano, doméstico: el niño Bébert que se muere de tifoidea; la vieja Henrouille a la que quieren encerrar para quedarse con su casa; los vecinos que se golpean los sábados; la niña atada y golpeada por sus padres. El horror no está lejos: está en la familia, en la calle, en el pequeño comercio.

“Robinson, su viejo compañero de guerra, reaparece. También él ha fracasado. Ciego, desesperado, se convierte en cómplice de un asesinato. La novela se vuelve cada vez más oscura. Robinson termina muerto a tiros por su prometida, Madelon, en un taxi. "¿Vienes conmigo o voy al comisario?", le pregunta ella. Y él responde: "Haz lo que quieras". Prefiere morir antes que seguir fingiendo.

“El fin de la noche: el viaje termina, pero no hay llegada...

“La novela no ofrece redención. Robinson muere. Bardamu queda solo, otra vez. Se va a vivir a un manicomio, dirigido por un psiquiatra que acaba enloquecido por la literatura inglesa. Al final, todo se disuelve: el heroísmo es farsa, el amor es mentira, el trabajo es alienación, el progreso es engaño. La vida es un viaje al fin de la noche, y al final no hay luz, solo la conciencia de la propia muerte.

“Céline no da respuestas: hace preguntas incómodas. ¿Por qué seguimos? ¿Por qué obedecemos? ¿Por qué creemos en ideales que nos llevan al matadero? La novela es un grito de rabia, pero también un acto de lucidez brutal. Bardamu no se vuelve héroe ni mártir: es un sobreviviente que ha visto demasiado y ha perdido toda ilusión.

“Conclusión: Viaje al fin de la noche es mucho más que una novela. Es un diagnóstico de la modernidad: la guerra, el colonialismo, el capitalismo, la familia, la religión, el amor... todas las instituciones que sostienen el orden social son puestas en cuestión con una violencia verbal que no deja títere con cabeza.

“Céline nos obliga a preguntarnos: ¿Qué significa ser humano en un mundo que nos convierte en carne de cañón, en fuerza de trabajo, en consumidores, en cómplices o víctimas? La respuesta de Bardamu no es consoladora: es el cinismo, la huida, el silencio, el puro instinto de sobrevivir.

“Pero también hay en la novela una defensa implícita de la autenticidad: el único bien posible es el que no se disfraza de ideal. Como el sargento Alcide, que no le dice a su sobrina que la ama, sino que le paga el piano. Como Molly, que da sin esperar nada a cambio. Como el propio Bardamu, que a pesar de todo, sigue buscando, sigue viajando, sigue negándose a rendirse ante la farsa.

“Al final, el viaje no termina porque no hay destino. Solo queda la noche. Y nosotros, con ella.”

Olimpia Righetti y Edith Saganías seguían mudas... estaban impresionadas por aquel desarrollo filosófico que habían escuchado en boca de su amiga. Entonces esta pronunció suavemente, las siguientes palabras:

-Tal vez ahora comprenderán, un poco más, por qué he decidido abandonar la Sociedad Occidental y refugiarme en Santiago...


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