Capítulo 72

 Capítulo 22


El sábado 6 de mayo de 1942 disertó en la biblioteca Sarmiento Víctor Raúl Haya de la Torre.  Abogado, político, filósofo, antropólogo peruano; fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y líder histórico del Partido Aprista Peruano. Reconocido entonces, ya mundialmente, pese a que tenía apenas 46 años. 

La conferencia había sido organizada por un pequeño grupo de intelectuales santiagueños, concitando la atención, principalmente de las clases medias instruidas de Santiago, así como de los intelectuales en esta provincia. Debido a ello, media hora antes de la hora anunciada -las 19:00-, se había agolpado una numerosa concurrencia sobre la vereda de la biblioteca. A espera de que se permitiera la entrada gradualmente, al salón auditorio.

Se generaron algunos pequeños incidentes cuando miembros del colectivo cultural La Brasa intentaron ocupar los primeros asientos. Debido a que los empleados de la institución impidieron tal propósito de estos intelectuales. Alegando que la primera y la segunda fila habían sido reservadas especialmente para la Junta de Estudios Históricos, autoridades de los gobiernos provincial y municipal, funcionarios nacionales, celebridades -como Ricardo Rojas, quien había venido especialmente desde Buenos Aires, donde residía, para escuchar al prestigioso disertante. Luego, tras una cena con invitados especiales, Haya de La Torre obsequiaría a Rojas una copia del esquema usado para guiarse durante su discurso. Gracias a ellos, tal documento se conservó para la posteridad. 

Es el que transcribiremos debajo, tal como se conservaría en el Archivo del Museo Casa - Instituto de Investigaciones de Ricardo Rojas.


Conferencia de Víctor Raúl Haya de la Torre  

Biblioteca Sarmiento, Santiago del Estero — 1942

Señoras y señores, amigas y amigos:

Es para mí un honor estar hoy entre ustedes, en esta ciudad que guarda tantas raíces de nuestra tierra y de nuestra historia. Vengo a hablarles con sencillez y con franqueza sobre lo que hemos sido, lo que somos y lo que podemos llegar a ser como pueblo latinoamericano. No traigo fórmulas mágicas ni recetas importadas; traigo, sí, una mirada crítica y esperanzada sobre nuestras raíces coloniales, nuestras luchas por la independencia, las heridas que quedaron abiertas y las posibilidades de construir una democracia auténtica y popular.


 1. Raíces y herencia colonial

Permítanme comenzar por lo que nos antecede. Nuestra América no nació de la nada: fue moldeada por siglos de dominación, por instituciones y costumbres que vinieron de lejos y se arraigaron aquí. La conquista y la colonia dejaron una estructura social y política que no se borró con la independencia: centralización del poder, patrimonialismo, privilegios de unos pocos y una legislación que muchas veces fue letra muerta frente a la realidad cotidiana.

Esa herencia se manifestó en grandes latifundios, en economías orientadas a la extracción, en una administración que favoreció a las élites criollas y en la persistencia de desigualdades raciales y sociales. No es casual que, tras la independencia, muchos de nuestros países conservaran formas de autoridad personalista y clientelar: el caudillo, el patrón, el cacique. Esas figuras no surgieron por capricho; fueron, en buena medida, la continuación de estructuras coloniales adaptadas a nuevas circunstancias.

Pero no todo fue negativo. La mezcla de pueblos —indígenas, europeos, africanos, mestizos— dio lugar a sociedades complejas, ricas en cultura y en posibilidades. Esa heterogeneidad es una fortaleza si la sabemos reconocer y transformar en inclusión política y social.


2. La independencia: triunfo y costo

Hablemos ahora de la independencia. Fue un proceso largo, violento y desigual. A diferencia de otras revoluciones, nuestras guerras de independencia no siempre significaron una ruptura limpia con el pasado; muchas veces fueron luchas entre élites, con grandes costos humanos y económicos. La destrucción de haciendas, minas y ciudades dejó cicatrices profundas. En algunos lugares, la violencia y la fragmentación territorial hicieron que las nuevas repúblicas nacieran débiles y fragmentadas.

Sin embargo, la independencia también abrió la puerta a ideas nuevas: la ciudadanía, la representación, la posibilidad de regirse por constituciones. No debemos subestimar ese avance. Aun cuando las instituciones tardaron en consolidarse y muchas constituciones fueron letra muerta, la semilla de la democracia quedó plantada. El desafío fue y es hacer que esa semilla germine en condiciones de igualdad y participación real.


3. Geografía, economía y organización social

Nuestra geografía no es un dato menor. Las enormes distancias, las barreras naturales —los Andes, la Amazonia— y la dispersión de la población dificultaron la integración política y económica. Países inmensos con comunicaciones precarias enfrentaron problemas de gobernabilidad que no existían en territorios más compactos. A esto se sumó una economía orientada al exterior: materias primas, exportaciones agrícolas y mineras, y una dependencia de mercados y capitales extranjeros.

Esa estructura económica favoreció la concentración de la riqueza y la persistencia de oligarquías rurales y urbanas. La llegada del ferrocarril y de nuevas tecnologías cambió algunas cosas, pero no resolvió la desigualdad de fondo. Para transformar la realidad, no basta con modernizar infraestructuras; es necesario democratizar la tierra, el crédito, la educación y la participación política.


4. Caudillismo y modernización

En nuestras repúblicas surgieron dos figuras recurrentes: el caudillo y el tecnócrata modernizador. El primero encarna la autoridad personal, la resolución por la fuerza y la clientela; el segundo, la promesa de progreso a través de reformas administrativas y económicas. Ambos tienen raíces en nuestra historia: el caudillismo es heredero de la autoridad personalista colonial; la modernización, muchas veces, reproduce los intereses de las élites.

Mi propuesta es clara: no podemos aceptar ni la dominación personalista ni una modernización que excluya a las mayorías. La verdadera modernización debe ser democrática y social. Debe poner en el centro al pueblo trabajador, a los campesinos, a los obreros, a los sectores populares que han sido marginados por siglos.


5. Democracia y participación popular

¿Qué entendemos por democracia? No me refiero solo a votar cada cierto tiempo. Democracia es participación real, es acceso a la educación, a la cultura, a la tierra y al trabajo digno. Es la posibilidad de que las decisiones públicas respondan a las necesidades de la mayoría y no a los intereses de una minoría privilegiada.

Para lograrlo necesitamos instituciones fuertes, sí, pero también una ciudadanía organizada. Los partidos políticos, los sindicatos, las cooperativas y las organizaciones culturales deben ser espacios de formación y de poder popular. La democracia sin pueblo organizado es una fachada; el pueblo sin democracia es una condena.


6. La cuestión agraria y la reforma social

No puedo hablar de la democracia sin tocar la cuestión agraria. La tierra, en nuestras sociedades, ha sido fuente de riqueza para pocos y de pobreza para muchos. La concentración de la propiedad rural impide el desarrollo de una agricultura nacional diversificada y condena a millones a la miseria.

Una reforma agraria justa y planificada es indispensable. No se trata de expropiar por expropiar, sino de distribuir la tierra de manera que se fomente la producción, la justicia social y la autonomía de las comunidades rurales. La tierra debe ser un instrumento de trabajo para quienes la trabajan, no un privilegio hereditario.


7. Educación, cultura y emancipación

La educación es la palanca más poderosa para la transformación. Una escuela pública, laica y gratuita que llegue a todos los rincones del país es la base de una ciudadanía crítica y libre. La cultura popular, nuestras tradiciones, nuestras lenguas y nuestras expresiones artísticas deben ser valoradas y promovidas.

No podemos aceptar una educación que forme súbditos; necesitamos una educación que forme ciudadanos. La alfabetización, la formación técnica y la conciencia histórica son herramientas para que el pueblo pueda reclamar y ejercer sus derechos.


8. Unidad latinoamericana y soberanía

Nuestra historia nos muestra que la fragmentación nos debilita. La unidad latinoamericana no es una quimera; es una necesidad estratégica para enfrentar la dependencia económica y la injerencia extranjera. No propongo una unión burocrática, sino la cooperación entre pueblos hermanos: comercio justo, solidaridad cultural, acuerdos de defensa de nuestros recursos y políticas que prioricen el desarrollo autónomo.

La soberanía no es un eslogan: es la capacidad de decidir sobre nuestros recursos, nuestras políticas y nuestro destino. Defender la soberanía implica también construir economías que no dependan exclusivamente de la exportación de materias primas ni de la voluntad de potencias extranjeras.


9. Justicia social y derechos laborales

El trabajo es la fuente de la riqueza social. Los trabajadores urbanos y rurales merecen condiciones dignas: salario justo, jornada razonable, seguridad social y derecho a organizarse. Los sindicatos y las organizaciones populares deben ser reconocidos como actores centrales en la vida política y económica.

La justicia social exige políticas redistributivas: impuestos progresivos, inversión en salud y educación, y programas que reduzcan la desigualdad. No se trata de castigar la iniciativa privada, sino de ponerla al servicio del bien común.


10. Un llamado a la acción

Termino con un llamado sencillo y urgente. La transformación que proponemos no vendrá de arriba ni de fuera; vendrá de la acción colectiva de nuestro pueblo. Cada maestro, cada obrero, cada campesino, cada mujer y cada joven tiene un papel que jugar. La política no es un juego de élites; es la herramienta para mejorar la vida de la gente.

Les pido que no se resignen. La historia nos ha puesto desafíos enormes, pero también nos ha dado recursos: una cultura rica, una población trabajadora y una tradición de lucha. Si unimos la conciencia con la organización, la educación con la acción, podremos construir repúblicas verdaderamente democráticas, justas y soberanas.


Conclusión

Amigos y amigas: la democracia que soñamos es posible. No será perfecta ni llegará de un día para otro, pero es alcanzable si la hacemos con paciencia, con coraje y con solidaridad. No olvidemos que la libertad sin igualdad es una ilusión; la igualdad sin libertad es una imposición. Nuestra tarea es construir ambas, de la mano del pueblo.

Les agradezco su atención y los invito a seguir conversando, organizando y actuando. La patria nos necesita despiertos, críticos y comprometidos. Que la Biblioteca Sarmiento sea hoy un lugar de encuentro para esa tarea.

Muchas gracias.  

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