Capítulo 52

 Capítulo 2


    El tigre se había acomodado sobre una anchísima rama de Samu’u, árbol muy grande en el Chaco sudamericano. En aquellos tiempos de tala indiscriminada de quebrachos, el Samu’u, de impresionante tamaño y ramas gruesas aparecía cada vez más nítidamente entre los restos de monte aniquilado. Los Matacos reverenciaban a este árbol, por su altura y su capacidad para soportar condiciones adversas, lo que lo convertía en un símbolo de la riqueza natural del Chaco. Los Samu’u poseían una madera densa y resistente; los wichís matacos la utilizaban para fabricación de muebles y mampostería de sus humildes chozas. Sabían, además, (aunque no con estas palabras) que su presencia en el ecosistema era crucial para la biodiversidad y la salud del entorno natural. 

    Por su parte el yaguareté, llamado “tigre” por los aborígenes, era el felino más grande de América y el tercero del mundo. Medía entre 150 y 180 cm de largo, con una altura de 65 a 80 cm en la cruz y un peso que variaba entre los 80 y 90 kilos. Aunque en algunas ocasiones, podía alcanzar hasta 140 kilos. Su pelaje es de color naranja con manchas negras, y su cola es relativamente corta y delgada. Este animal es conocido por su agilidad y su capacidad de cazar presas como pecaríes y tapires. 

    El tigre que nos ocupa debía pesar al menos unos ciento veinte kilos. Observaba, tranquilamente, a una india como de treinta años, que revolvía circularmente, con un palo grueso, la gran olla de hierro sobre una fogata. Colgadas de un alambre, contra la pared del rancho, estaban los cueros de dos grandes vizcachas. Todavía mojados por su sangre. Seguramente la mujer hervía la carne, en agua con aceite y vinagre, sazonándose, con zanahorias, cebolla, pimientos morrones, dientes de ajo, romero y hojas de laurel.

    El aroma que emanaba de esa humareda blanca, elevándose hasta desintegrarse en la noche negra, era agradable -pensó el tigre.

    Una niña, como de tres años, salió repentinamente del rancho. Indecisa, miró a quien debía de ser su madre; hasta que se decidió, por fin, a enfilar su rumbo en sentido contrario: con pasos todavía inseguros, se encaminó con bastante rapidez, hacia un badén, luego del cual, a la distancia, se distinguían lucecitas de lo que podría ser una aldea. Soltando el palo con el que revolvía la olla la india corrió alcanzándola antes que comenzara a descender; le asestó un chirlo, no demasiado fuerte, en su cabecita y, cargándola en brazos, la sentó con alguna violencia sobre una pequeña banqueta.

    El tigre parecía disfrutar de la escena. Durante un rato, estuvo mirando tranquilamente a aquella madre e hijitas, que debían de ser las únicas habitantes de aquel pequeño ranchito, de una sola pieza, en cuyo interior seguramente convivían. Luego, con una agilidad refinada, que parecía contradecir sus cerca de ciento veinte kilos, el tigre descendió, parsimoniosamente, y enfiló, imitando a la niña, aunque con otra dirección, hacia el badén.

    Sin apurarse, cruzó la selva en la oscuridad más absoluta de aquella noche de luna llena, de verano intenso, en la cual el unánime concierto de los coyuyos atronaba el aire. A su derecha, el tigre distinguió las lucecitas parpadeantes -improvisados candiles a querosén, confeccionados por los indios con latas viejas, pero no se acercó a ellos. Siguió de largo por un senderito que parecía conocer a la perfección, y donde cabía solo él. Conducía hacia el casco de La Forestal. 

    Cuando llegó, se encaramó otra vez en un gran Samu’u. Sobre una rama que excedía la amplitud, incluso, de su propio cuerpo, el tigre se instaló cómodamente. Apoyó su gran zarpa derecha poniéndola bajo su cabeza, y se puso a observar, tranquilamente el campamento de los ingleses. 

    Su aspecto era simétricamente opuesto al de las paupérrimas aldeas de los matacos: también en medio del monte chaqueño, se levantaba el campamento inglés. Con la firmeza potente de una pequeña ciudad industrial. Las casas de ladrillo, alineadas con precisión geométrica, ofrecían refugio a los técnicos y empleados. Mientras que los galpones y tinglados se extendían como grandes pulmones metálicos, destinados al acopio de madera y al procesamiento de la valiosa sustancia que elaboraban. Los tanques para el agua, elevados y vigilantes, aseguraban el suministro del líquido “purificado” con productos químicos, en un entorno áspero y caluroso. Y la cuadra militar, sólida, austera, recordaba -a quienes difícilmente la olvidaban- la presencia de la disciplina y el orden que imponía esta empresa. El conjunto se organizaba con un sentido práctico, pero también con una impronta colonial: calles trazadas con rigor, patios comunes donde resonaban las voces de obreros y capataces. Y un aire de enclave extranjero incrustado en la naturaleza norteña. 

    Un inglés, como de cincuenta años, apareció caminando por uno de los senderos, y luego de cruzar junto al inmenso tanque australiano, dobló hacia su izquierda, introduciéndose en un pequeño bosquecillo artificial, rodeado por paraísos y abetos, desapareciendo del horizonte visible.

    El yaguareté, con la misma parsimonia con que llegase y se instalara sobre su gran árbol, descendió, para dirigirse, también efectuando un rodeo por entre un tupido monte de arbustos silvestres, hasta que lo vio. Junto a un terraplén, donde se había construido una pileta de natación, de unos cincuenta metros de largo por diez de ancho, estaba el hombre. Había depositado sobre uno de los bancos que rodeaban la pileta, en medio de canteros con plantas florecidas, una pequeña caja de plástico y el toallón. Quedando libre, en short y ojotas, para refrescarse como todas las noches acostumbraba durante al menos una hora, en la pileta.

    El capitán Colin Pitchfork pensó que el verano del Chaco no era comparable con ningún otro. Él había estado en La India, en el África, durante campañas represivas de diversas insurrecciones que cada tanto asolaban alguna región del vasto Imperio Británico. Pero el calor de El Chaco sudamericano poseía un sesgo abrumador, que desarticulaba los pensamientos y hacía intolerable la existencia sin refrescarse de alguna manera, sea con ventiladores eléctricos o con agua. Contento por haber terminado otra jornada, caminó hacia la escalerita de hierro erigida junto al terraplén, donde le esperaba el bálsamo nocturnal cotidiano que le permitiría recuperar energías y acostarse luego a dormir, tranquilamente, esa noche. Hasta las cinco de la mañana. Hora en que debería estar nuevamente de pie, para revisar los informes de Seguridad y después entrenar, rutinariamente, durante un par de horas a la tropa.

    Fue cuando sintió en la espalda algo como un puñetazo de gigante, extraordinariamente violento, que lo arrancó de la escalinata de fierro por donde subía, y luego un sacudón que lo daría vuelta en el aire, desplomándolo boca abajo.

    Un torbellino de zarpazos y dentelladas lo envolvieron, desgarrando su piel en varias partes mientras sintió su propia sangre caliente derramándose sobre su cuerpo, sin alcanzar a entender durante algunos segundos lo que sucedía. El yaguareté lo había tirado al suelo y mordía ahora con su gigantesca fauce un costado de su cuello. Un reflejo inmediato llevó al oficial británico a meter la mano derecha en la boca del monstruo que lo atacaba, logrando aflojar su mandíbula inferior por un momento para luego introducir su mano izquierda, desde el otro costado, y cerrar el puño dentro de la boca del terrible felino. Creyó que lo apartaría... el animal había dejado de sacudir al hombre un instante y lo miraba como si tuviera consciencia, ahora, directamente a los ojos. Después, todo acabó. Ya no vió nada. Se sintió levantado y arrastrado, golpeteando una y otra vez su cuerpo sobre un piso empedrado. Luego, un “plop” y calma. Desde cierta altura, como si le hubiesen brotado alas, se sorprendió viendo una escena en la cual un tigre arrancaba trozos de carne blanca a un hombre de aspecto europeo, muerto ya, sobre un charco de sangre. No quiso contemplar por más tiempo aquél desagradable espectáculo. Y se fue, volando.

 

***



    -¡¿Han visto el diario?!- entró preguntando a los gritos el Gringo Rovetti: -Un capo de la Forestal...¡muerto!... ¡por un tigre!...

    Y lanzó una carcajada.

    -La Naturaleza se defiende... dijo sin inmutarse Matecosido Peralta.

    Bairoletto, que estaba situado en otro extremo de un gigantesco salón, ubicado en “algún lugar” de Santa Fe, respondió:

    -Cada persona obtiene de la vida lo que se merece...

    Se habían reunido, aquella tarde más o menos templada de enero, unos cincuenta hombres, de diversas edades, el menor de ellos de 19 años y el mayor de 63. La convocatoria tenía el propósito de escuchar una conferencia magistral, del periodista Samuel Yussem. 

    Después de los comentarios, relativamente alborozados, que suscitaba la noticia recién transmitida por Rovetti, y luego de mirar, pasándoselo de mano en mano, el ejemplar del diario El Litoral, Matecosido llamó al orden, golpeando fuertemente sus manos, con las palmas abiertas, y repitiendo a voces:

    -¡Vamos! ¡Vamos! ¡Comienza la conferencia!...

     Afuera habían quedado cinco vigilantes, armados con revólveres y fusiles. 

    Sobre el escenario había una mesa, tras la cual subieron a sentarse Matecosido y Bairoletto, en señal de respaldo ideológico al conferencista. Un joven comunista de La Banda, Santiago del Estero, presentó al disertante, leyendo un breve currículo. Luego, el intelectual, de origen ruso, habló: 

    -La historia de Santiago del Estero está marcada por una herida que nunca termina de cicatrizar: la devastación de sus bosques y la explotación de sus hombres- exclamó, en voz no muy alta, aunque perfectamente audible para todos. 

    “No es un relato que pueda guardarse en los archivos del pasado... sino una realidad actual... 

    “Los obrajes forestales, con su organización simple y brutal, fueron el escenario de una relación feudal entre el patrón y el hachero, sostenida por la complicidad de los gobiernos de turno. Promesas de prosperidad, promesas de sueldos altos, promesas de viviendas dignas, agua corriente y luz eléctrica, eran las ilusiones que el conchabador ofrecía a los paisanos para arrancarlos de sus tierras y llevarlos al monte. Pero esas promesas eran espejismos. El hachero terminaba convertido en un ser errante, cargando sus pocas pertenencias detrás de la compañía depredadora, trabajando a destajo, cobrando en vales que solo podían cambiarse en la proveeduría de la misma empresa. 

    “La deuda era eterna, el “alcance” nunca llegaba, y la prisión del obraje se cerraba con la ayuda de la policía, siempre al servicio del patrón”.

    Desde las cuatro esquinas del salón, grandes ventiladores echaban aire fresco sobre la concurrencia, que atendía con gran interés la disertación de Samuel Yussem.

    -Los obrajes no construían poblaciones estables, porque sabían que su vida sería efímera -continuó este. Cuando el bosque se extinguía, había que levantar todo y trasladarse a otra zona virgen. En lugar de escuelas y caminos, surgían fondas y prostíbulos, propiedad de las mismas compañías, donde el juego, la bebida y la prostitución terminaban de destruir la salud moral y física de los hacheros. La ignorancia era la mejor aliada de la explotación, y los hijos de los trabajadores crecían sin educación, destinados a repetir la historia de sus padres. Así se fueron formando pueblos como Alhuampa, Puna, Quimilí, Campo Gallo, Monte Quemado, y tantos otros del Chaco santiagueño, nacidos de la explotación y condenados a la miseria.

    La tala indiscriminada arrasó los bosques seculares. No se salvaron ni los retoños, porque los empresarios forestales preferían matar a los recién nacidos del monte antes que permitir la reforestación natural. Y continúa ahora, en 1938, aunque La Forestal anuncia, que en cualquier momento retirará sus plantas y se trasladarán con todo, al África. Donde dicen que van a obtener mayor rentabilidad.

    “Todo esto con la complicidad de los gobiernos provinciales y municipales, de organismos de control o jueces, que nunca tuvieron medios ni voluntad para frenar la depredación. Cuando algún funcionario honesto imponía multas, los empresarios siempre encontraban un padrino político que los protegiera. Era más fácil pagar una infracción que nunca se abonaba, que detener la explotación. Intendentes, concejales y delegados del interior fueron y siguen siendo los principales depredadores, amparados incluso por la resignación de los mismos hacheros explotados, sostenidos por el miedo, las prebendas y la ignorancia.

    “La entrega de las tierras fiscales fue la mayor privatización de la historia argentina. Más de cuatro millones de hectáreas de quebrachales fueron rematadas a precios irrisorios, apenas centavos por hectárea, cuando cada durmiente de quebracho valía miles de pesos en el mercado internacional. La Pandilla del Barranco, las familias poderosas del puerto de Buenos Aires, se quedaron con los mejores bosques del mundo. Tornquist, Santamarina, Zuberbuller, Martínez Rufino y tantos otros formaron un sindicato de capitalistas que convirtió a El Chaco, Santiago y Santa Fe en escenario de la explotación forestal intensiva. Los políticos conservadores celebraban la entrega como signo de progreso, convencidos de que las tierras fiscales carecían de valor y que era mejor entregarlas a los capitalistas para traer la “civilización”. El ferrocarril fue y sigue siendo el instrumento más preciado por los explotadores, para continuar con esta devastación.

    “El Ferrocarril, no se trazó para unir las viejas poblaciones asentadas desde hacía siglos, sino para cruzar el desierto y abrir paso a la explotación. Estaciones efímeras nacieron al lado de pueblos tradicionales, aislándolos y condenándolos al olvido. Loreto, Atamisqui, Herrera, Forres, Beltrán, La Banda: todas crecieron al ritmo del tren y de la tala, mientras los viejos pueblos como Manogasta, Silípica, Ojo de Agua, Salavina y Vinará se convertían en cementerios silenciosos. La ecuación fue clara: explotación forestal, latifundio, trazado ferroviario y obraje. Esa combinación condenó al santiagueño y al chaqueño a la trashumancia, a la miseria y a la denigración humana.

    “La Forestal Argentina es, pues,  el símbolo máximo de este imperio depredador. Con bandera propia y directorio integrado por bancos franceses, empresarios europeos y grupos locales, se erigió como un verdadero Estado extranjero dentro del país. Su monopolio del tanino destruye pueblos enteros, impide el desarrollo tecnológico y deja una estela de miseria y muerte. Villa Guillermina, La Gallareta, Weisburd, Monte Quemado, son ya comunidades arrasadas, por la voracidad de una empresa que actúa con total impunidad.

    “Todo esto no es un designio trágico ni un maleficio divino. Sino la consecuencia de un colonialismo depredador, que se repite en toda América Latina: el estaño en Bolivia, el cobre en Chile, la banana y el café en Centroamérica. En Santiago del Estero, Chaco y Santa Fe, el recurso es el quebracho colorado, y la historia es la misma: destrucción de recursos naturales, arrasamiento de poblaciones, analfabetismo, tuberculosis y enfermedades incurables. La riqueza sale de la provincia y nunca vuelve. Millones de quebrachos fueron destruidos, siguen siendo derribados hoy, y con ellos se extinguen los nidos de pájaros, las cuevitas de quirquinchos, las guasunchas, vizcachas, cois, los ecosistemas, la vida misma del monte, en fin”.

    “La historia de los obrajes y de la entrega de las tierras fiscales es la historia de un largo proceso de empobrecimiento. Es la historia de cómo la provincia más antigua, Madre de Argentina, llegó a reflejar con crudeza la dominación de monopolios internacionales y de oligarquías nativas. Es la historia de cómo el ferrocarril, símbolo de progreso en otros lugares, aquí se convirtió en instrumento de devastación. Es la historia de cómo los gobiernos provinciales, en complicidad con empresarios y políticos nacionales, entregan el patrimonio común a cambio de prebendas y favores.

    “Y es también la historia de los hacheros, hombres que cargaron sobre sus espaldas la miseria y la explotación, que vivieron en obrajes efímeros, que fueron engañados con promesas de prosperidad y terminaron endeudados y destruidos. Es la historia de pueblos que nacieron de la explotación y que quedaron condenados al olvido. Es la historia de una provincia que perdió sus bosques... y con ellos su futuro”.


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