Capítulo 53

Capítulo 3



Juan Christensen, Moisés Carol, Umbídez, y Alberto Revainera, habían decidido reunirse el tercer domingo de junio, de 1938. En Fortín Melero, una finca de los Revainera, para discernir interrogantes que los cuatro sustentaban acerca del pasado de nuestra provincia de Santiago del Estero -y de toda la región, antiguamente denominada "Tucma", luego "Tucumán", antes de configurarse, durante el siglo XIX, como la República Argentina. Puesto que aquel lunes, 20 de junio, sería feriado -en conmemoración del Día de la Bandera-, tanto Umbídez como Carol no deberían preocuparse por sus respectivos trabajos, el primero en el Poder Judicial, Moisés como periodista de El Liberal.

En cuanto a Christensen, estaba ya jubilado. Y Alberto, como patrón -aunque con algunos condicionamientos, por ser parte de una empresa familiar-, podría también manejarse con libertad. Especialmente porque estaría a su cargo trasladar al anciano Juan Christensen, de ida y de vuelta, hasta la ciudad Capital de la provincia. Donde este residía.

Christensen era parte de una familia de inmigrantes, dinamarqueses, que habían arribado a la Argentina durante la primera mitad del siglo XIX. Junto a sus parientes, los Jensen. Luego, en parte debido a las persecuciones desatadas tras la caída de Juan Manuel de Rosas, con quien hubieran desarrollado una serie de vínculos comerciales y amistosos, algunos miembros de esa familia ya poderosa en Buenos Aires, adquirieron extensas propiedades en Santiago del Estero y, los más jóvenes, viajaron a instalarse aquí para desarrollar diversos emprendimientos, agro ganaderos.

Juan se enamoró de Santiago. Era agrimensor, pero primero a través de su búsqueda de referencias cartográficas para sus croquis, luego por las fascinantes narraciones que iba recogiendo de los santiagueños, en todas sus versiones -campesinos, obreros, funcionarios públicos, descendientes de familias patricias, etcétera-, decidió, no sólo quedarse aquí para siempre, sino ocuparse con seriedad y sistemáticamente, en escribir la historia de este pueblo. Cosa que comenzaría a hacer ya hacia fines del siglo XIX. Inaugurando prácticamente algunos debates -como el de la Fundación de Santiago: si debía adjudicársela al peruano Núñez de Prado o al chileno Aguirre, y otras-, con sus publicaciones académicas en la prestigiosa revista de la Universidad Nacional de Córdoba.

Junto a Umbídez, pues, ambos iban a ser los protagonistas principales de la reunión. El segundo debido a que, como Ulalo -aunque provisoriamente metamorfoseado en apariencia humana-, poseía la memoria histórica de esta especie singular, presente en lo que entonces se llamaba “Provincia de Santiago del Estero” desde milenios. Mucho antes, no sólo de que llegaran los europeos, sino también antes de que los Tavantisuyus explorasen esta región e integraran a su incipiente imperio a varias de las naciones indígenas que la habitaban.

Cuando llegaron aquel viernes, cerca de las once de la mañana, ya estaba todo listo en el chalet de los Revainera, pues habitaban allí un matrimonio con sus hijas e hijos adolescentes. Quienes habían preparado el almuerzo, y las habitaciones de huéspedes, para cada uno de los participantes.

Por la tarde, después de una tranquila siesta, comenzarían las exposiciones e intercambios conceptuales. Que se efectuarían en el amplísimo comedor de la casona, junto a la también extensa cocina, espacio central desde el que podía controlarse la provisión de cualquier requerimiento de los circunstantes.

No haremos desde ahora demasiadas descripciones de entornos ni paisajes, o recorridas por el tupido monte -que las hubo, repetidamente-, con avistamiento de pájaros bellísimos, muchos de ellos con trinos tan melodiosos que invitaban a mantenerse escuchándolos durante horas. Sino, por respeto a nuestras lectoras y lectores, pasaremos directamente a resumir los principales conceptos intercambiados durante esta prolífica -desde un punto de vista intelectual- convención.

Juan Christensen comenzó esbozando una descripción del Tucma apelando principalmente al testimonio de un gobernador, que durante el apartamiento de Aguirre para ser juzgado por el Santo Oficio de la Inquisición, ocupara su puesto. Elaborando, en el transcurso de esos dos años, un completo informe a sus mandantes, el cual nuestro historiador consideraba el más completo y creíble que había leído. 

Diego Pacheco -pues de él se trataba- había sido un conquistador español que ocupó la gobernación del Tucma o Tucumán entre 1567 y 1569. Durante su mandato, se oficializó la fundación de Nuestra Señora de Talavera de Esteco, en 1567, sobre la margen izquierda del río Salado. Pacheco había sido designado por el virrey, Conde de Nieva, y tuvo un papel crucial en la conquista y en las guerras civiles entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Su gobierno estuvo marcado por la fundación de ciudades y el ordenamiento de la gobernación, contribuyendo a expandirla y desarrollarla.

Siendo gobernador del Tucumán (que comprendía las regiones hoy conocidas como Salta, La Rioja, Tucumán, Catamarca, Santiago del Estero y Córdoba) entre 1567 y 1569, había dejado un extenso Informe. En el cual describe, con detalle, las ciudades recién fundadas —Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán y Nuestra Señora de Talavera de Esteco—, sus distancias y recursos, así como la vida de los pueblos originarios. 

En él narraba exploraciones hacia el río Bermejo, la abundancia de tierras fértiles para trigo y maíz, la organización de los Juríes y Tonocotés, y la belicosidad de los Diaguitas en el valle de Calchaquí- resumió Christensen en su introducción. 

Aprovechando una pausa, Moisés Carol preguntó:

-¿Y no encontraron oro, plata, ni piedras preciosas...? Creo que todos coincidiremos en que, realmente, eso era lo que más interesaba a los españoles que vinieron aquí con el pretexto de “evangelizar y civilizar”.

-No, no encontraron oro ni plata en cantidades importantes-, contestó Christensen. Aunque, en su informe, Pacheco destaca  “la riqueza agrícola, ganadera y artesanal de la región”. Ponderando un Tucumán en plena construcción, con ciudades jóvenes, pueblos diversos y un futuro abierto a la expansión colonial.

“En su Relación de las Provincias del Tucumán, dirigido al licenciado Lope García de Castro, entonces gobernador del Perú, Diego Pacheco ofrece una visión panorámica de las tierras bajo su jurisdicción. Con especial énfasis en Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán y Nuestra Señora de Talavera (Esteco).

“Y allí se describen las ciudades principales:

“Santiago del Estero: considerada la capital de la gobernación, situada estratégicamente entre el Río de la Plata y la costa del Pacífico. Pacheco la describe como el centro administrativo y militar, rodeada de vastas tierras fértiles, aunque sin oro ni plata.

“San Miguel de Tucumán: ubicada a unas 25 leguas de Santiago, en tierras de los Diaguitas y Tonocotés. Era un asentamiento pequeño pero con potencial agrícola y maderero.

“Nuestra Señora de Talavera de Esteco: fundada en 1567 por Diego de Heredia y reorganizada por Pacheco, estaba situada en los llanos del río Salado. Se convertiría en un punto clave del camino hacia el Perú.

“Pacheco describe, con gran precisión para la época, la geografía y las distancias entre ciudades y regiones:

“De Santiago a Tucumán: 25 leguas.

“De Santiago a Talavera: 45 leguas.

“De Potosí a Talavera: 140 leguas.

“De Potosí a Santiago: 185 leguas.

“También menciona la cercanía con el Río de la Plata, el Mar del Sur (Chile) y el Estrecho de Magallanes, destacando la posición estratégica de la gobernación.

“Este dinámico gobernador, reporta que en 1568 envió al capitán Juan Gregorio Bazán con 40 hombres, hacia el este, en busca del río Bermejo. La expedición encontró pueblos indígenas numerosos, con viviendas grandes y fortificadas, y tierras fértiles para el cultivo de maíz y trigo. Aunque no hallaron oro ni plata, sí observaron señales de metales y un potencial agrícola notable.

“Luego redacta una descripción de los pueblos indígenas, de los cuales extraeremos aquellos a los que consideró más organizados y numerosos:

“Los Juríes, habitantes de Santiago y Talavera, eran agricultores y vivían en casas semienterradas para protegerse del frío -dice Pacheco.

“Los Diaguitas -continúa-, más belicosos, vestían camisetas largas y vivían en valles fértiles como el de Calchaquí. Tenían caciques y estructuras sociales más organizadas.

“Los Tonocotés y Lules, vinculados a Tucumán y Talavera, eran labradores y pescadores, pacíficos. Aunque los Lules eran más nómades y cazadores.

“Se menciona también la existencia de pueblos Chiriguanos, que practicaban la antropofagia, y otros grupos que comerciaban con plumas, cueros y miel.

“Respecto de los  recursos naturales y producción de la extensa región del Tucma en tiempos de Pacheco, este redacta lo siguiente:

“Hay gran abundancia de:

“Ganados: vacas, ovejas, cabras, caballos y mulas.

“Cultivos: trigo, maíz, cebada, fríjoles, zapallos, papas y algodón.

“Destacando, luego, las frutas introducidas por los españoles: viñas, duraznos, higos, membrillos, manzanas, granadas, limas y naranjas.

“Las cuales irían a engrosar la lista de:

“Productos locales: miel, cera, cochinilla, maderas de cedro y nogal, y abundancia de peces en los ríos.

“Se mencionan también obrajes donde se fabricaban paños, frazadas, sombreros y cordobanes, lo cual muestra un temprano desarrollo artesanal.

“Pacheco pone en especial consideración a la ciudad de Lerma, en Salta:  

“Fundada en 1582 por Hernando de Lerma, aparece en la Relación como un asentamiento incipiente, sostenido por vecinos de otras ciudades. El gobernador la describe como fértil y rica en minas de oro y plata, aunque aún sin población estable.”

Luego de esta exposición de Juan Christensen -que ocuparía la tarde del viernes y la mañana del domingo, pues la hemos resumido a lo estrictamente sustancial-, tanto Umbídez, como Alberto Revainera y Moisés Carol, elogiaron este documento, obtenido durante un viaje a Bolivia por el investigador Juan Christensen.

Tanto el ulalo como los humanos, estimaban que la  “Relación de Diego Pacheco” constituía un testimonio clave para entender el Tucumán colonial. 

-Presenta una gobernación extensa, con ciudades jóvenes y pueblos indígenas diversos, algunos pacíficos y otros belicosos. Aunque no se hallaron grandes riquezas minerales, la tierra era fértil y abundante en recursos naturales, lo que permitió el desarrollo agrícola y ganadero. Santiago del Estero aparece como la capital y centro neurálgico, mientras que Tucumán y Talavera funcionaban como apoyos estratégicos en el camino hacia el Perú-sintetizó Moisés Carol- ¡Escribiré un artículo sobre este documento, si me lo permites, Juan!-se entusiasmó.

-Sí, por cierto...-, aprobó el anciano-... el documento es público... sólo que no todos lo saben, ni tampoco pueden viajar a Bolivia, o entienden por qué deberían hacerlo, para comprender nuestro pasado y cómo hemos llegado, a lo largo de los siglos, a ser esto que llamamos "santiagueños”.

-En lenguaje moderno, podríamos decir que Pacheco describe un territorio en plena construcción-aportó Alberto: 

“Ciudades recién fundadas, pueblos indígenas con culturas complejas, y una economía basada en la agricultura, la ganadería y los primeros obrajes. Su mirada revela tanto las dificultades de la colonización como las oportunidades que ofrecía esta región del norte argentino”.


***


La tarde del sábado y casi todo el domingo, sería ocupada por Umbídez. El Ulalo con forma humana. Desde una perspectiva mucho más amplia, Umbídez recordó cómo ellos -sus antepasados-, en 1528, habían agasajado a la escuadra perdida de  Francisco César, enviada por Sebastián Gaboto. Primera expedición europea en la hoy Sudamérica, llegando el capitán César hasta los que son hoy territorios de Córdoba y Santiago del Estero. 

Al participar Francisco César de los adelantos tecnológicos de los Ulalos, y ver la prosperidad con que ellos vivían, creyó que todo el resto de aquel territorio sería así. Sin imaginar, en absoluto, que los Ulalos eran otra especie, única sobre la tierra, semejante a los humanos, pero no humana. Entonces regresó a Sancti Spiritu, el fuerte erigido por Gaboto en la hoy Santa Fe. Sólo para encontrarse con que los aborígenes habían acabado con los europeos, o los habían hecho prisioneros, incendiando sus precarías instalaciones. Entonces se dirigió al Paraguay, donde se reencontró con las huestes conquistadoras. Y desde entonces no dejó de contar las maravillas que había visto en esta tierra, a la cual consideró riquísima en oro, plata y todo tipo de riquezas.

De sus narraciones surgirían, sucesivamente, las leyendas de ciudades míticas, en el Tucma, en la Patagonia, o entre los Valles Calchaquíes. Se decía que sus habitantes poseían grandes riquezas y que la ciudad estaba protegida por murallas, puentes levadizos y edificios suntuosos. 

Estas leyendas alimentarían la codicia de europeos y la corona española durante más de 300 años. Pero tales ciudades jamás fueron halladas, dado que, sencillamente no existían.

Luego de esa introducción, que para nuestros lectores hemos resumido, Umbídez realizaría el siguiente recorrido cronológico, en varias etapas. Que, también, a renglón seguido, resumiremos:

-Muchas de las narraciones de sacerdotes, soldados que presentan constancias de sus aventuras para reclamar concesiones de tierras y esclavos a la corona, etcétera, hay dos investigaciones que los Ulalos consideramos más cerca de la verdad histórica: una es la suya, don Juan -dijo Umbídez dirigiéndose al anciano. Quien agradeció con una sonrisa e inclinación de cabeza.

“Otra, es la de Lizondo Borda. Siguiendo esas narraciones, que coinciden con las nuestras, comenzaremos a sintetizar la cuestión de los nombres y las denominaciones que los cronistas aplicaron a los pueblos originarios. 

“Borda dice que no fueron caprichos ni invenciones arbitrarias: los términos diaguitas y juríes respondían a realidades culturales y geográficas. Los diaguitas eran considerados indios de cultura, habitantes de espacios abiertos, cultivadores de maíz y con una organización más estable. Los juríes, en cambio, eran vistos como indios de la naturaleza, moradores de montes y selvas, alimentados de frutas silvestres, menos vinculados a la vida agrícola. Esta división, aunque simplificada, reflejaba la percepción de los conquistadores sobre dos grandes grupos que dominaban el territorio entre el río Salado y la actual provincia de La Rioja.

“Los diaguitas, de raíz quechua, tenían una religiosidad compleja, con adoratorios en las cumbres dedicados al sol y a otros dioses. Los juríes, más belicosos y fragmentados en parcialidades, ocupaban regiones como Catamarca, el Ambato y el valle de Abaucán. La llegada de Diego de Rojas y otros conquistadores no logró someterlos. 

“En 1591, en una actitud política que hoy llamaríamos demagógica, Velazco se tituló Gobernador y Capitán General de Juríes y Diaguitas. Reconociendo con ello la importancia de estas naciones. 

“En Tucumán, los diaguitas eran conocidos también como paziocas, y más allá, en el Chaco, convivían otras etnias como los tobas, matacos y guaraníes.

“Los indígenas que habitaban el gran espacio que se abría hacia el este de la gobernación del Tucumán, formaban numerosas comunidades pequeñas, sostenidas por tecnologías muy simples, esencialmente para la obtención de alimentos (caza, pesca, recolección y, en algunos casos, cultivo de la tierra y pastoreo). Lo cual les obligaba a la explotación de un enorme territorio, sobre el que se movían constantemente. Estos nómadas habían llegado al Chaco en sucesivas oleadas, motivadas, en gran parte , por presiones de pueblos belicosos situados más al norte y al noreste. 

“Entre estos pobladores podríamos distinguir tres grupos: los guaycurúes, los mataco-mataguayos y los lules-vilelas. *

a)- Guaicurúes. Su origen fue patagónico, y se asentaron en la parte oriental y meridional de las actuales provincias de Chaco, Formosa, norte de Santa Fé, noroeste de Santiago del Estero y parte oriental de Salta. A ellos pertenecían los abipones, los tobas, los mocovíes, los pilagás, los guaicurúes, y varios otros que irían desapareciendo tras el contacto con los invasores europeos. Quienes no sólo los iban a perseguir para esclavizarlos, sino que los contagiarían de numerosas enfermedades, para las cuales estas etnias no habían desarrollado defensas, pues en sus hábitats naturales no existieron jamás.

“Estas etnias chaqueñas poseían una educación y hábitos aprendidos de distintas culturas: de la andina, el empleo de la cerámica o la confección de tejidos. De la guaraní el telar, la hamaca y la pintura corporal. Pronto, a la española, le arrebatarían el caballo, pues su trato benevolente sedujo a estos animales, que les servirían con más eficiencia en las batallas que a sus originales amos. Esta adquisición, pronto permitiría a las etnias chaqueñas disponer de gran movilidad. Aumentando su territorio de caza y alentando su belicosidad natural, al poder avanzar sobre grandes espacios con rapidez. Para enfrentarse a otras etnias o arrebatar víveres u otros botines a los conquistadores españoles. 

“Tanto los abipones como los tobas y mocovíes, desde mediados del siglo XVI, tuvieron una tendencia migratoria de norte a sur. Por lo que llegaron pronto a enfrentarse a los primeros núcleos fundados por los españoles y peruanos procedentes del norte. Acosando y asaltando las ciudades de la gobernación tucumana y las ciudades de Santa Fé y Corrientes. 

b)- Mataco-Mataguayos. Ocupaban el centro y oeste del Chaco. Situados a todo lo largo del Rio Pilcomayo y Bermejo. Su origen era, también, patagónico, y al igual que los anteriores, eran cazadores-recolectores. Aparte de ello, cultivaban la tierra, cuando esto les era posible. Complementando su alimentación con gran cantidad de frutos del monte chaqueño sudamericano (algarrobas, garbanzos silvestres, higos de tunas, mistol, chañar y otros). Pescaban, durante algunas épocas del año, utilizando, para ello, principalmente arpones.

“Sus viviendas, generalmente, eran hemisféricas, hechas de ramas y de paja. Poseían numerosos enseres, muchos de ellos de un tipo de cerámica ordinaria, que solían decorar con impresiones dactilares. Sus diseños estéticos estaban fuertemente influidos por la cultura del Tucma, principalmente en los tejidos de mantas de lana o tapices.

“Volviendo hacia nuestra latitud:

“En los valles calchaquíes, se situaban tribus célebres por su resistencia. En Santa María y Yocavil, los calchaquíes se enfrentaron con fiereza a los españoles, hasta el punto de que la frase “¡Aquí se acabó el Calchaquí!” quedó como símbolo de su lucha. Los mallis o mallingastas, los singuiles y otros grupos poblaron Andalgalá, Belén y Pomán, regiones fértiles y pintorescas, unidas por los ríos Abaucán y Santa María. Estas tribus, como los andalgalás, belichos y pomanes, fueron finalmente reducidas y condenadas al destierro, como ocurrió con los quilmes, trasladados a Buenos Aires. La memoria de estos pueblos persiste en los nombres de localidades y en la tradición oral.

“La mayoría de las tribus del oeste eran de origen diaguita, salvo los sanavirones. En Catamarca, departamentos como Valle Viejo, Piedra Blanca y Puerta tenían raíces diaguitas, aunque algunos sectores de Santa María mostraban rasgos sanavirones. La epopeya de estas culturas se entrelaza con la conquista española y con la expansión del Tucumán como entidad geográfica y política. El nombre mismo de Tucumán es de origen incierto: algunos lo atribuyen a un cacique llamado Tucma, otros lo relacionan con términos indígenas que significan algarrobo, vigía o centinela. La abundancia de algarrobales en la región reforzaba esta interpretación. Y muchos lo relacionan con un simpático insecto, al cual los aborígenes llamaban Tucu-Tucus.

“Otros cronistas propusieron que Tucumán significaba “capital del algodón”, por la gran producción de este cultivo en este territorio; aunque dicha traducción fue considerada poco precisa. La transformación fonética de Ucuma en Tucumán, muestra cómo las lenguas indígenas y el castellano se mezclaban en la denominación de los pueblos. En cualquier caso, el cacique Tucma aparece como figura central: jefe de gran parte de las tribus, resistente frente a los incas, hombre de acción y de noble herencia. Andalgalá, según Lizondo Borda, habría sido el verdadero centro del Tucma, tanto en tiempos preincaicos como en la colonización española. Allí se hallan vestigios de poblaciones importantes, que sostienen la idea de que fue un núcleo originario del Tucumán.

“Introduciéndonos en la definición de los límites del Tucumán, se lo describía como una gobernación vasta, que en distintos momentos se extendió desde el río Bermejo hasta el Desaguadero, y desde el Chaco hasta los Andes. Su capital fue Santiago del Estero, y sus pueblos incluían San Miguel de Tucumán, Catamarca, La Rioja, Londres, Famatina, Tinogasta, San Juan, Mendoza y otros. Era una de las gobernaciones más importantes de América, con asiento en el Consejo de Indias y dependencia de la Audiencia de Charcas. El virrey del Perú, y más tarde el de Buenos Aires, ejercían autoridad sobre ella. Se dividía en cinco partidos: Santiago, San Miguel, los llanos de La Rioja, Catamarca y los Andes con los diaguitas. El Chaco, según Lozano y otros cronistas, era considerado parte del Tucumán, con numerosas naciones indígenas bajo su influencia.

“Pronto el Tucma o Tucumán se iba a convertir en colorido mosaico cultural, con diferentes tonos: el de los incas, limitado a los valles; el de los españoles, más amplio y expansivo; el de los jesuitas, centrado en la organización religiosa; y el de los virreyes y gobernadores, integrado en las estructuras administrativas del Perú y del Paraguay. Cada uno de estos Tucumanes coexistiría, en distintos momentos. Mostrando cómo la región fue escenario de encuentros, resistencias y transformaciones. La figura del cacique Tucma, la resistencia calchaquí, la diversidad de pueblos como juríes, diaguitas, sanavirones y quilmes, y la amplitud geográfica de la gobernación, conforman un relato épico, que explica la importancia histórica de Tucumán en el norte argentino.”




* Dr. Alberto José Gullon Abao. La Frontera del Chaco en la Gobernación del Tucumán,1750-1810. Universidad de Cádiz.




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