Capítulo 54
Capítulo 4
La Mujer caminaba descalza bajo el sol. Debía tener unos cuarenta años. Vestía hábito marrón, un pañuelo del mismo tono atado a la cabeza y un sombrero de paja. De su cuello colgaba un largo rosario, hecho con semillas de chañar. Del cual colgaba una gran cruz, tallada en algarrobo. Los indios mineros, en las orillas de Esteco, la vieron pasar como a las dos de la tarde, por el caminito que conducía a Salta, serpenteando entre las serranías.
Cuando uno de los encomenderos se enteró de la noticia, mandó a su hijo, de 24 años, a que la alcanzara y, llevando un sulky, la trasladase a la capital del Tucma. O adonde ella quisiera ir.
Esteco era entonces la segunda ciudad más rica en el Virreynato del Perú. La única -excepto Lima- que tenía todas sus calles céntricas empedradas.
Desde lo alto el joven la divisó a la distancia y, bajando por un senderito adelantado se apeó un poco más adelante y la esperó. Unos diez minutos después la vio aparecer. Parado en medio del camino, con las largas riendas del caballo que tiraba el sulky en una mano, la esperó. Al llegar ella a unos cinco metros lo miró a los ojos. Y el joven sintió un sobresalto repentino. Entonces, se tiró al suelo, y la esperó de rodillas. La Mujer se detuvo.
-¿Qué quieres, hijo? -le preguntó.
-Su bendición, madre. He pecado mucho últimamente.
-Deberías confesarte con un sacerdote.
-Ya lo he hecho, madre. Me ha dado penitencias. Pero le pido por favor que usted me bendiga.
La Mujer, entonces, tomó en su mano izquierda el crucifijo y con la derecha, efectuó en el aire una amplia señal de la cruz, dirigiéndola hacia su cabeza agachada.
-Que Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo, te bendiga, y te guíe por el camino del bien, hasta alcanzar por ti mismo su infinita gracia-, expresó.
De un salto el joven se puso de pie y le dijo:
Ahora, madre... la llevaré a Salta... o adonde usted me diga... Mi padre me ha ordenado que lo haga.
La Mujer lo miró otra vez. Una sonrisa suave se dibujó en su boca.
-Debo caminar, hijo. Vuelve con tu padre. Y dile que le agradezco mucho su generosidad. Por mi parte, debo caminar. Gracias, hijo. Adiós.
El joven se quedó mirándola hasta que se perdió entre los ondulados paredones de piedra entre las montañas. Después, sin saber por qué, lloró.
El polvo del camino aún se levantaba tras sus pasos descalzos. Mama Antula había atravesado leguas desde Santiago del Estero hasta la ciudad de Salta, llevando consigo apenas un manto oscuro y la firmeza de su propósito. Sus pies, heridos por piedras y espinas, eran testimonio de una fe que no se doblegaba.
En la sede del Tucumán, el gobernador Gerónimo Matorras recibía informes y escribanos. Su primera tarea había sido abrir las arcas de las Temporalidades, revisando los desvegonzados saqueos a los bienes de los Jesuitas, cometidos por su antecesor, Campero.
El ambiente estaba impregnado por el humo de los cigarros en chala, las cuentas en voz alta, que los notarios de la corona leían para conocimiento del nuevo gobernador, y los murmullos de funcionarios, esperando su turno para ser escuchados.
De pronto, la figura austera de Mama Antula se manifestó en la sala. Su presencia desentonaba con la solemnidad colonial: una mujer descalza, sin más riqueza que su voz. Matorras la miró con sorpresa, y con un gesto le permitió hablar.
—Señor gobernador —dijo ella con calma, pero con firmeza—, no vengo por oro ni por tierras. Vengo por las almas que han quedado desamparadas. Los pueblos del Gran Chaco, que convivieron en paz con los padres jesuitas, hoy son perseguidos por terratenientes que buscan exterminarlos.
Matorras frunció el ceño. Sus manos descansaban sobre los documentos de Campero, pero sus ojos se fijaron en aquella Mujer, que hablaba con autoridad.
—Mi deber es esclarecer el destino de estos bienes —respondió con voz grave—. ¿Por qué habría de ocuparme de los indios, cuando mi mandato es sobre las cuentas del reino?
Mama Antula avanzó un paso, descalza sobre el suelo frío del salón.
—Porque sin justicia no habrá paz, señor. Los bienes que se disputan aquí son polvo frente a las vidas que se pierden allá. Si no se tiende la mano a esos pueblos, la sangre inocente manchará para siempre la memoria de este gobierno.
El silencio se hizo pesado. Los escribanos dejaron de tomar notas. Matorras, que había llegado dispuesto a ser juez de cuentas, se descubría ahora como juez de destinos. La mirada de Mama Antula, serena y tenaz, lo obligaba a considerar que su gobierno empezaba no solo con números, sino con la decisión de proteger o abandonar a los desposeídos.
Cuando los Jesuitas se instalaron en Santiago del Estero -1585-, desplegaron dos focos de acción: la ciudad (educación, Colegio Seminario Santa Catalina) y la frontera chaqueña (evangelización y organización económica de pueblos Tonocotés, Mocovíes, Abipones, Lules, Tobas, Matacos y Vilelas).
Su gran carisma sobre los aborígenes, hasta entonces librados a la mayor o menor rapacidad de conquistadores y encomenderos, hallaron en las reducciones espacio sanamente productivos. En los cuales su trabajo era valorado y compensado, con viviendas dignas y Educación para sus hijos.
El padre Bárzana, experto en lenguas nativas, y el padre Dobrizhoffer, cronista de los Abipones, fueron ejemplos de misioneros que combinaron evangelización con diplomacia y exploración.
Pronto la envidia de otras ordenes religiosas serviría de canal para la codicia de los terratenientes. Quienes habían visto disminuir la disponibilidad de indios esclavos para todas las faenas duras de sus haciendas y pueblos.
Su dependencia directa del Papa, generó tensiones con otras órdenes religiosas y con gobernantes. Hubo expulsiones temporales (1609–1611) y enfrentamientos con autoridades locales.
Las reducciones sustituyeron o complementaron las encomiendas, buscando proteger y civilizar a los indígenas. Además, cumplieron un rol clave en la defensa de la frontera del río Salado durante el siglo XVIII.
Abajo un breve resumen de sus establecimientos:
Reducción de Lules (San Esteban de Miraflores): Fundada en 1711, sufrió ataques mocovíes y múltiples traslados, mostrando la fragilidad de estos asentamientos.
Reducción de Abipones (Purísima Concepción): Fundada en 1749, experimentó hasta 14 traslados antes de asentarse en el río Dulce. Llegó a prosperar con 30.000 cabezas de ganado y talleres, pero su expulsión fue un golpe significativo.
Reducción de Vilelas-Petacas: Fundada en 1735, con población diversa de varios grupos indígenas. Enfrentó problemas de convivencia, falta de control y precariedad edilicia. Fue reorganizada en 1758 como San Joseph de Petacas, con mejoras en infraestructura y producción ganadera.
Las reducciones funcionaban como espacios de producción agrícola y ganadera, además de servir como barreras defensivas frente a malones. La ubicación dependía de acceso a agua, cercanía a ciudades y capacidad de defensa.
Durante los 182 años que permanecieron en el Gran Chaco, tuvieron un gran impacto social:
Las reducciones ofrecían refugio, comercio y cierta autonomía a los indígenas, aunque bajo dirección jesuítica. Debido a ello, la expulsión de los Jesuitas dejó un vacío en la organización y defensa de estas comunidades.
En 1767 se produjo la expulsión de los jesuitas ordenada por la Corona española. La medida fue recibida con conmoción y resistencia en el Tucumán.
Poco después, en Salta, Jujuy y Santiago del Estero estalló un levantamiento contra el gobernador Juan Manuel Campero.
El conflicto se vinculó tanto a la expulsión como a tensiones previas por su gestión de recursos y relaciones políticas.
Nombrado en 1763, comenzó a gobernar en 1764.
Su administración generó resistencias por el manejo discrecional del impuesto de la sisa, destinado a financiar campañas contra los indígenas del Chaco.
Fue acusado de corrupción y de favorecer a ciertos sectores, lo que alimentó el descontento.
Se denunciaron cuantiosas “pérdidas materiales” y desórdenes en la incautación de bienes de los jesuitas.
Campero fue acusado de apropiarse de objetos y riquezas de las temporalidades, lo que agravó su pésima imagen, anterior, puesto que actuaba con gran autoritarismo y extremada violencia.
Campero intentó procesar a figuras locales como José Antonio de Zamalloa y Juan Antonio de la Bárcena, acusándolos de ocultar bienes jesuíticos.
Sus opositores, apoyados por la Audiencia de Charcas, lo acusaron de corrupción y saqueo.
La tensión culminó en un levantamiento armado en diciembre de 1767, que llevó a la prisión del gobernador Campero.
El cacique Paykin había gobernado a Tobas, Matacos y Mocovíes desde su adolescencia. Esta comunidad aborigen poseía un ejército de unos tres mil hombres bien armados, algunos con fusiles arrebatados a los portugueses cuando intentaron adueñarse del Paraguay y el Gran Chaco. Circunstancia en que confluyesen españoles -entre ellos Matorras- y aborígenes, en la defensa de las fronteras con Brasil. Los hijos de Paykin habían sido meticulosamente educados por los jesuitas, así como muchos jóvenes aborígenes que ahora ocupaban puestos de importancia en el esquema administrativo de sus aldeas.
En tanto, Matorras, había asumido su gobierno en 1769. Y como primera medida se dedicó a investigar las “irregularidades” que se cometían con los bienes confiscados a los jesuitas, tras su expulsión, y el paradero de importantes cantidades de oro y plata desaparecidas en sus Temporalidades.
El español era un comerciante que se había radicado en Buenos Aires, multiplicando su fortuna. Y poniéndola al servicio de un proyecto social progresista, pues soñaba con una nación próspera, donde todos sus habitantes tuvieran los mismos derechos.
Desde Salta, entonces capital del Tucma, gobernó la provincia con celo. Saneando la percepción de tributos para la real hacienda, reglamentó la sisa y puso orden en la administración.
En 1769 el rey Carlos III le solicitó un informe sobre el estado de las reducciones y Matorras, tras efectuar un recorrido, contestó denunciando “la total decadencia y deplorable estado que aquí llegan a reducirse las haciendas y bienes de las temporalidades (ex jesuitas)”
Dicha situación la atribuyó al ex gobernador Campero y una coalición de terratenientes, que luego de expulsar a los sacerdotes jesuitas se habían repartido sus bienes y esclavizado a los habitantes indígenas de sus reducciones.
En julio de 1770, Matorras visitó la reducción de Purísima Concepción de Abipones y deploró que los delegados que las administraban hubiesen extraído de ella muchos de sus bienes. Se habían “dispersado” 15.000 cabezas de ganado. Si bien muchos indígenas habían abandonado la reducción regresando al Chaco, él se contactó nuevamente con ellos, consiguiendo atraerlos.
En su informe al rey, Matorras efectuó una descripción del Fuerte de Abipones, indicando que en su interior estaba el territorio de los españoles, la herrería, los depósitos, la cocina y despensa, galpones, habitaciones, un lugar para criados y el oratorio, todo rodeado de empalizadas que servían de protección contra ataques. Y alrededor del fortín, en la parte externa, se encontraban las viviendas de los abipones, que consistían en barracas de cuero y estacas.
Matorras había depuesto a los administradores de las antiguas misiones jesuíticas del Chaco, ya que bajo su mando perdieron un 35% de su población. Dichas misiones fueron entregadas posteriormente a los franciscanos.
Pero sus adversarios -poderosos encomenderos de Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Esteco- no se habían quedado quietos. Con una serie de denuncias contra Matorras ante la Audiencia de Charcas, lograron obtener una nueva orden real, con fecha 30 de junio de 1770, ordenando suspender al progresista gobernador, “remitirlo preso a Lima y someterlo a un proceso judicial”. Dicha orden fue ejecutada por la Real Audiencia de Charcas, a través de Manuel de Esteban y León. Quien, por disposición virreinal del 16 de julio de 1771, fue simultáneamente nombrado gobernador interino, asumiéndolo en Salta el 28 de agosto de 1771.
Tras un año y medio de avatares judiciales, Gerónimo Matorras salió finalmente absuelto. Y reintegrado a su cargo de gobernador. En tal carácter, Matorras organizó una expedición hacia el Chaco, con carácter misional y ceremonial.
El 19 de julio se reunirían con el cacique Paykin y la plana mayor de su comunidad, en “La Cangayé”, con gran despliegue simbólico y militar.
El 29 de julio se firmó un tratado de paz con once artículos, que reconocía:
El derecho de los pueblos originarios a sus tierras y recursos.
Su condición de hombres libres, sin esclavitud ni encomienda.
La posibilidad de pedir reducciones y contar con curas doctrineros.
La mediación de Matorras para lograr paz con los abipones.
La obligación de los nativos de respetar las leyes españolas y canalizar reclamos mediante protectores.
Paykin fue reconocido como “Cacique Perpetuo” y “Primer Caporal del Chaco”, recibiendo un bastón con puño de oro en nombre del Rey.
El escultor y pintor Tomás Cabrera realizó en 1774 una pintura barroca americana que recrea el encuentro entre Matorras y Paykin, hoy conservada en el Museo Histórico Nacional.
Bajo una cuidadosa escenografía solemne, montada por los españoles y criollos, la reunión en “La Cangayé” se organizó con despliegue militar, música y rituales, reforzando la idea de un acto fundacional.
La entrega del bastón con puño de oro fue su momento más intenso y conmovedor, para ambos grupos étnicos. Este objeto era más que un símbolo de mando; representaba la unión de la autoridad indígena con la legitimidad real. Era un gesto de reconocimiento mutuo.
Configurando un lenguaje ritual, los artículos del tratado se redactaron con fórmulas solemnes, propias de pactos que buscaban trascender lo inmediato.
La presencia de caciques, soldados y religiosos convirtió el encuentro en un acto público, con testigos que aseguraban su validez.
En lo referido a su dimensión simbólica, esperanzaba, en primer lugar, aquel reconocimiento del imperio español a la dignidad indígena. Al declararlos hombres libres y respetar sus tierras, se transmitía un mensaje de igualdad en un marco colonial.
Asimismo, tal como lo solicitara Mama Antula al gobernador Gerónimo Matorras, se legalizaba una genuina sacralización de la paz. El tratado se celebró como un pacto religioso. Reforzado luego por una pintura barroca de Tomás Cabrera, que inmortalizó el momento con estética de altar.
En aquella obra de arte, se sugirió el surgimiento de un puente entre dos mundos.
El ceremonial buscaba mostrar que la Corona y los pueblos originarios podían convivir bajo un mismo orden.
Los once artículos del acuerdo
Reconocimiento de libertad: Los indígenas son hombres libres, no esclavos ni sujetos a encomienda.
Derecho a tierras y recursos: Se les garantiza el uso de sus territorios, montes y caballos cimarrones.
Protección de familias y bienes: Sus mujeres, hijos y pertenencias deben ser respetados.
Posibilidad de reducciones: Los pueblos que lo deseen podrán solicitar reducciones y contar con curas doctrineros.
Mediación con los abipones: Matorras se compromete a interceder para lograr paz con los abipones.
Reconocimiento de caciques: Se respeta la autoridad de los caciques y se les otorgan bastones de mando como símbolo de legitimidad.
Obligación de obedecer leyes españolas: Los indígenas deben acatar las normas del Rey y evitar ataques a poblaciones cristianas.
Canalización de reclamos: Los conflictos o peticiones deben presentarse a través de protectores designados.
Provisión de curas y doctrinas: Se asegura asistencia espiritual y religiosa para quienes lo soliciten.
Compromiso de paz y amistad: Ambas partes se obligan a mantener relaciones pacíficas y de respeto mutuo.
Nombramiento de Paykin: Se reconoce a Paykin como “Cacique Perpetuo” y “Primer Caporal del Chaco”, entregándole un bastón con puño de oro en nombre del Rey.
El tratado de 1774 entre Gerónimo Matorras y Paykin no fue solo un acuerdo político: tuvo un valor ceremonial y simbólico muy profundo, que buscaba legitimar la paz y darle un carácter casi sagrado.
En la Memoria colectiva:
La pintura y los relatos posteriores convertirían a este tratado en un símbolo de diálogo y reconocimiento.



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