Capítulo 57
Capítulo 7
Aquella tarde fresca de mayo, en 1938, se reunían en la casa de Adeodato Herrera unas treinta personas. Todos hombres, rigurosamente seleccionados entre intelectuales, importantes funcionarios públicos y dirigentes políticos. Escuchaban la conferencia de un reconocido escritor local: Carlos Abregú Virreyra. Quien, habiendo regresado por algunos días a su provincia natal, Santiago del Estero, quería compartir algunos de sus criterios filosóficos con este público donde se destacaba la presencia de personajes locales como Juan Christensen, Ramón Gómez Carrillo, Orestes Di Lullo y Bernardo Canal Feijóo.
-Hacia el año 1530 de la Era Cristiana, la región que hoy denominamos “Noroeste Argentino” (NOA) contaba con unos 300 mil habitantes -decía el conferencista. -Tras una mesa situada apenas a un costado de los escalones que, bajando desde la planta general que daba a la calle, introducía al gran patio, ahora ocupado por la concurrencia y personal de servicio, que observaba con discreción desde una cierta distancia.
-Estos pobladores aborígenes, a quienes podríamos llamar “proto-santiagueños, o proto tucumanos, o proto salteños”, etcétera, vivían diseminados en numerosas comunidades, urbanas, semi urbanas y rurales, a lo largo y ancho de las montañas, valles, llanuras u otros espacios habitables, de las comarcas hoy denominadas Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, El Chaco, San Luis, Córdoba, y La Rioja.
“Todas estas comunidades habitaban aldeas de tipos más o menos diversos, con sólidas y confortables viviendas, edificadas con piedras, en las montañas, o utilizando varios otros elementos naturales como el adobe, maderas duras, cueros, además de paja, y una hierba, denominada “Matará” por los aborígenes del llano y mesopotamia.
Aquel vegetal propio de la hoy Santiago del Estero, era muy útil, para esas culturas. Las hojas de matará poseían, entre otras virtudes, propiedades beneficiosas para la salud. Solían aplicarse a la desintoxicación del organismo y -según médicos actuales- «proporcionaban a los humanos gran fortalecimiento del sistema inmunológico». En lo referido a la alimentación, sus brotes tiernos, al ser muy ricos en nutrientes, eran utilizados por nuestros antepasados los indios, para fabricar harinas. O, también, como ingrediente, en cremas batidas o guarniciones.
“Por último, en el ámbito de la construcción, aquella hierba denominada matará se utilizaba para confeccionar esteras, techos, coberturas para mobiliario interior, o revestimientos, sobre las paredes de las habitaciones.
En la región NOA, la mayor densidad poblacional se concentraba entre las sub etnias diaguitas, que ocupaban lo que hoy llamamos Tucumán, parte de Catamarca, una parte de Salta, y el noroeste de Santiago del Estero. A continuación se habrían abierto un espacio los Lule-Vilela, seguidos más abajo en dicho ordenamiento geográfico, por los Tonocoté.
“Es evidente que existía un intenso intercambio económico y cultural entre las tres regiones, constituyendo el centro –que se ubicaba más bien al Oeste, en la región donde actualmente está Frías e inicia su territorio Catamarca–, espacio de gran actividad comercial hacia el año 500 después de Cristo.
Hacia el norte de Santiago del Estero, todo el Tucumán y el Este de Catamarca se ubicaban entonces las etnias llamadas Diaguitas, compuestas por varias parcialidades: pulares, luracataos, chicoanas, tolombones, yocaviles, quilmes, tafís, hualfines.”
En ese momento apareció por la escalinata un hombre obeso, de gran tamaño, que despertó el interés del público y obligó al conferencista a interrumpir su discurso por algunos segundos. Intimidado, con su sombrero en la mano, el hombre descendió lo más rápido que pudo para atravesar el tramo que lo separaba de las últimas sillas, donde finalmente logró sentarse para pasar desapercibido.
-Todos estos grupos tenían un intercambio cultural y económico entre sí -continuó Abregú Virreyra- en el ámbito de un ancho espacio, hoy denominado “Salta”, “Catamarca”, “Tucumán” y “Santiago del Estero”. “Doscientos años después de la conquista hispano-peruana de nuestro NOA, gran parte de su población había desaparecido. No por causas naturales, sino debido a la despiadada semi esclavitud con que fueran sojuzgados, en especial sus hombres, por las compañías capitalistas españolas: tanto para su minería metalífera, como para empresas agropecuarias, bélicas o artesanales.
“En la introducción del libro Arte y Vocabulario de las lenguas Lule y Tonocoté, escrito a principios del siglo XVIII por el jesuita Antonio Machoni de Cerdeña, una reedición impresa simultáneamente en Madrid y en Buenos Aires con fecha de 1932, indica que:
«De la tribu Vilela habia el año 1767 doscientas personas errantes por los bosques del rio Vermejo, llamado Rio Grande del Chaco. Asimismo, en dicho año eran gentiles y vivian errantes por los dichos bosques las tribus de los indios Chunupies, Yoocs, Yecoanitas, Ocoles, Vacaas, Atalalas y Sivinipis. Era pequeño el número de personas de todas estas tribus, pues los misioneros creen que todas ellas apenas fuesen mil.
«Asímismo se tiene noticia de las siguientes tribus:
«1. En la poblacion de Ortega, llamada también Nuestra Señora del Buen Consejo, están las tribus de los indios Omoampas, Yeconoampas é Ypas, que constaban de doscientas personas, que en 1767 habían ya recibido la santa fé.
«2. La tribu de los indios Paisanes, la cual en 1767 tenia casi doscientas personas; y casi todas eran catecúmenas. Estaban en la poblacion ó mision Macapillo, llamada también Nuestra Señora del Pilar.
«3. En las historias del Paraguay se hace mención de las tribus de los Guamaicas y de los Tequetes, que hablaban el idioma Vilelo [...].»
-Retornando a los tiempos en que los habitantes del NOA eran aún libres -exclamó el conferencista-, unos doscientos años antes de la conquista peruano-española, su antigüedad étnica -no física, sino ideológica y cultural-, fue considerada, por antropólogos como los Hermanos Wagner, en mucho más de los apenas dos mil o dos mil quinientos años asignados con tecnologías Europas. Podría tener sentido, entonces, el nombre de “indios” para nuestros paisanos santiagueños. Pues Emilio y Duncan Wagner, sostienen que muchos de los vestigios encontrados desde 1893, en Icaño, presentan extraordinarias semejanzas con representaciones gráficas procedentes de un imperio -de al menos 30.000 años de antigüedad, llamado por sus invasores persas como «La India».
“Por fortuna, a medida que nuestras ciencias van adquiriendo mayor responsabilidad y amplitud y despojándose de mezquindades, van reconociendo que no hay aún prueba alguna de que los humanos hayamos aparecido por primera vez en ningún lugar del mundo en especial. Y de que por el contrario, como lo insinúan testimonios culturales, consignados por escrito durante diversas culturas milenarias, sus nacimientos, consolidación material y evolución podrían haberse verificado más o menos simultáneamente, sobre varias regiones del planeta, incluyendo la nuestra, hace millones de años.
“El Popol Vuh, libro sagrado de los quichés, presenta dicha creación en tres etapas. Esta obra antiquísima de los aborígenes mayas, fue descubierta para los europeos por un sacerdote domínico, Francisco Ximénez de Quesada, entre 1701 y 1702. Quien lo tradujo, por primera vez, del quiché al castellano. Según narra, "Los Dioses" decidieron crear humanos «a su imagen y semejanza».
“Debemos señalar aquí que el Antiguo Testamento de los judíos, obra inspirada parcialmente en milenarios textos babilónicos y sumerios, sostiene algo parecido. Al igual que las posteriores destrucciones de los humanos fallidos, por medio de «fuego divino» -Sodoma y Gomorra- o de un diluvio -Noé-, como también lo había narrado antes el libro sumerio de Gilgamesh.
Los mayas dicen en su Popol Vuh que el Creador y sus colaboradores divinos construyeron al primer humano con barro. Pero este ser primitivo “carecía de iniciativa, no veía ni escuchaba bien”, no tenía capacidad para interactuar con el mundo, y ni siquiera respetaba a sus creadores. Los dioses, pues, le dieron fin, con “unos rayos de fuego”
“La segunda iniciativa divina para crear a un ser inteligente se haría, según los quichés, con madera. El humano de madera, resultó más hábil y responsable que el de barro. “Procreó a gran velocidad, enseguida progresó en todas las artes y las ciencias, construyó grandes culturas” y se adueñó de buena parte de América. Mas resultó excesivamente soberbio, y tampoco adoró a los dioses. Fue causa para que sus creadores lo condenaran, asimismo, a la desaparición. Enviando sobre él un diluvio inmenso, que destruyó el mundo, ahogando a casi todos los hombres de madera y sus mujeres. Sólo se salvaron quienes era más ágiles y fuertes, en aquella especie, cuando lograron treparse a gigantescos árboles. Donde construirían rudimentarias viviendas, en las que pudieron sobrevivir, hasta que bajó la inundación. Sometidos fatalmente al instinto y a la barbarie, “degeneraron hacia la animalidad y se convirtieron en los primeros monos” (una teoría interesante: no es que el ser humano sea pariente de los simios, sino que los simios serían parientes del ser humano, anterior, en el tiempo).
“Al tercer intento, según los mayas, estas divinidades dieron por fin con un material adecuado para concretar, con éxito, personas biológicas adecuadas: el maíz (ixim, en quiché, sara, en quechua, tlaolli, en azteca). Los humanos creados del choclo, pues, se mostraron pronto capacitados para evolucionar con rapidez, igual que los antiguos humanos de madera. Con la ventaja de que, al mismo tiempo, actuaban con mayor sensatez y pronto demostraron gran reverencia con sus divinidades: edificaron templos en su honor donde, además, les presentaron sacrificios. Satisfechos, los dioses decidieron dejarlos crecer y prosperar, para siempre”.
En este tramo de su conferencia, Carlos Abregú Virreyra efectuó una pequeña interrupción de su charla para tomar agua, sirviéndose desde una jarra de cristal.
-Juan Núñez de Prado, Pedro González de Prado, Gonzalo de Bardales, Martín de Rentería, Nicolás de Heredia, Francisco de Aguirre, Alonso Domínguez, García de Mendoza y Manrique, Bartolomé Díaz, Juan Bautista de Alcántara, Rodrigo Cantos, Alonso Díaz Caballero, Lorenzo Suárez de Figueroa, Hernando de Retamoso, Juan Pérez de Zurita, Francisco Rengifo, Hernán Mexía de Miraval, Juan Gregorio de Bazán, Francisco Cárdenas, Nicolás de Garnica, Alonso de la Cámara, Juan Ramírez de Velasco, Francisco Argañarás y Juan Pedrero de Trejo -continuó-, fueron algunos de los primeros conquistadores españoles que lograron prosperar e instalarse, definitivamente, en la provincia de Santiago del estero. Desde 1550 en adelante.
“Para entonces, se habían conformado claramente tres facciones políticas entre las huestes colonizadoras: la de quienes trazaban sus propósitos como una empresa personal, con el objetivo de acumular la mayor cantidad de riquezas posibles en beneficio propio; la de quienes, sin dejar de lado tales perspectivas individuales se ubicaban directamente alineados con la corona y por último, quienes, como Mexía Miraval y muchos otros, se adecuaban a las políticas del bando ganador, acatando sus dictámenes para sobrevivir. Sus primeros referentes en esta región serían Valdivia y Aguirre, desde el lado chileno; Núñez de Prado y Pérez de Zurita, desde Charcas, leal a la corona. Las políticas aplicadas por ambos bandos diferían en un aspecto relevante: el bando de los encomenderos, consideraba que su apropiación de estas tierras constituía una hazaña personal, por lo cual correspondía se les reconociera disponer de ellas, incluyendo las personas que habitaban allí, quienes, desde su perspectiva, formaban parte de dicha propiedad.
“En tanto, los que llamaremos «legalistas» enmarcaban su acción en un contexto institucional, donde debía tratarse a los habitantes del territorio como seres humanos «libres». Aunque «bajo su custodio», por considerárselos párvulos mentales a quienes la Providencia, a través de la Iglesia Católica y el rey, les había asignado la misión de gobernar «correctamente» y evangelizar. De hecho, Núñez de Prado, el primer fundador de Santiago del Estero, logró éxitos notables respecto de las comunidades aborígenes locales, estableciendo acuerdos de colaboración y protección mutua. Pacificación que iba a durar lo que un suspiro, al irrumpir primero Villagra y más tarde Aguirre, con ejércitos chilenos. Desbaratando completamente las medidas resueltas por los legalistas. Para imponer regímenes basados únicamente en la autoridad despótica del conquistador.
“Por parte de los aborígenes, en tanto, se desataron múltiples respuestas a esta invasión violentísima de los europeos. Algunos, como los diaguitas de los Andes, y abipones, mocovíes, junto a varias otras tribus del Gran Chaco, así como los mapuches, araucanos, en el Sur, combatieron fieramente al invasor, ocasionándole constantes bajas a sus ejércitos. E impidiéndole establecerse definitivamente con seguridad, durante mucho tiempo. De entre aquellos bravísimos combatientes indígenas, los Quilmes, atrincherados entre las montañas y valles calchaquíes, recién pudieron ser vencidos por los españoles en 1667. Luego de haberlos sometido a un sitio multitudinario. Con el cual se pudo obligarlos a renunciar a su lucha para alimentar a sus mujeres, niños y ancianos. Mientras los ranqueles, araucanos, pampas y otras etnias del Sur, recién podrían ser casi exterminados a principios de nuestro siglo.
“En Santiago del Estero no fue el caso. Las etnias aborígenes se avinieron al nuevo proceso, que terminaron aceptando. No con gusto, por cierto, mas sí, al parecer, como una misteriosa fatalidad. Creemos que inducidos, asimismo, por el hecho de llegar los españoles acompañados y sostenidos en su legalidad por centenares, a veces miles de soldados peruanos, conducidos personalmente -en algún caso- por el propio Inca (ya bajo control de los españoles). Muchas veces, aquellas incursiones colonizadoras incluían la presencia de sacerdotes tavantisuyus, y hasta mujeres indígenas de las clases aristocráticas que formaban parte del gobierno, ahora hispano-incaico.
“Ciento treinta años después de su fundación, Santiago del Estero recibiría un golpe político llamado a provocar un doloroso trauma en su idiosincrasia. El despojo de su Obispado, primero creado en todo el territorio de lo que más tarde iba a ser la República Argentina. Este proceso, iniciado a mediados del siglo XVII y concretado finalmente en 1699, caería sobre la consciencia emotiva de nuestra población como una verdadera catástrofe.
“El obispo Nicolás de Ulloa, personaje encopetado y veleidoso, no dejó de quejarse desde el primer momento, por la precariedad e incomodidades que decía padecer en la pequeña Santiago del Estero. Donde no permaneció más que unos pocos días, para mudarse inmediatamente a Córdoba, donde comprobó que podría gozar mayores comodidades. Ulloa y quien lo sucedió, Mercadillo, no cesaron de gestionar ante el papa el “urgente” traslado de la diócesis a la ciudad donde habitaba. Alegando problemas de infraestructura, y el crecimiento político y económico de Córdoba, que ofrecía “mejores condiciones para la administración eclesiástica”. Estas gestiones fueron activamente apoyadas por los más ricos hacendados, y el Cabildo secular de Córdoba, quienes ofrecieron recursos y espacio para la nueva sede episcopal. Bajo este constante flujo de cartas provenientes de esta región, la Corona Española aprobó formalmente el traslado.
“Para entonces creemos que había comenzado a germinar el carácter básico del complejo psicosocial que definiría para siempre la personalidad histórica del santiagueño. Consolidando a partir de ese momento, cualidades y características básicas de su identidad humana:
1) Pobreza asumida como virtud.
2) Profunda religiosidad.
3) Solidaridad Social.
4) Talento para ser feliz con poco.
5) Amor inquebrantable a su paisaje y Naturaleza.
Este proceso había tenido lugar casi desde el encuentro mismo entre los españoles y las etnias lules, vilelas y tonocotés, habitantes mayoritarios de aquel espacio físico. Puesto que los europeos venían sin mujeres, y las mujeres indígenas eran «hermosas», según numerosos comentarios de la época. Se produjo de tal manera un mestizaje que, finalmente, engendraría una nueva raza: el criollo, o mestizo. Denominado en otras regiones, más tarde, como «el gaucho».
“La llegada de los jesuitas en 1585, con su poderoso despliegue económico, fabril, empresarial, carismático, por todos los ámbitos del territorio, habían despojado prácticamente de protagonismo a la ya de por sí modestísima aldea en que se había ido convirtiendo la capital, debido a la concentración, de casi todas las actividades productivas, en las estancias o factorías del interior.
“Durante el siglo XVIII, Matará constituye un conglomerado económico y social mucho más importante que la misma capital de Santiago. Poderosos grupos familiares se disputan el dominio de la comunidad, que tiene hacia el siglo XIX 17.000 habitantes, mientras la capital y los departamentos más grandes no llegaban a 10.000.
“Es por ello que los escasos testimonios de ocasionales viajantes que pasan por Santiago del Estero en aquel periodo, describen esa capital como un villorrio chato, sin atractivo. Tal perspectiva es, por cierto, la de personas cuyos paradigmas de belleza, bienestar, prosperidad, felicidad, están ligados indefectiblemente a objetos o artefactos mecánicos, elaborados de acuerdo con los parámetros estéticos desarrollados en Europa, desde su “Renacimiento” cultural.
“Mientras que para el santiagueño, belleza puede significar una puesta de sol tras las serranías o junto al río; caminar por los bosques naturales de su región... “Prosperidad”, el disponer de abundante mistol, algarroba, maíz, una vaca para ordeñarla, cabras, u otros bienes para la subsistencia familiar. “Felicidad”, periódicas reuniones con amigos, asados compartidos, fiestas familiares... en ámbitos que un europeo normal desdeñaría.
“De aquella alianza entre españoles y aborígenes lules, tonocotés, sanavirones y vilelas, pues, pronto surgiría un ejército. Que casi tres siglos después de su primer encuentro, conseguiría ampliar significativamente el área de sus dominios. Y, también, la Autonomía provincial.
“Y el constructo psicosocial que desplegaría de allí en adelante. Convirtiéndose, no sólo en la cultura más antigua de la Argentina, sino en semillero de identidad patria.”
Al terminar, al parecer, con estos conceptos su discurso, desde el público estallaron los aplausos. Luego de que estos se silenciaron, el joven diputado Eduardo Miguel, desde la primera fila, levantó la mano para pedir la palabra.
-Diga, doctor Miguel-, concedió Abregú Virreyra.
-Se nos ha dicho al invitarnos que usted traía importantes anuncios políticos desde Buenos Aires. ¿Cuáles serían esos anuncios, si puede ahora formularlos?
-Precisamente es lo que iba a hacer de inmediato -respondió el conferencista invitado. -Le agradezco su interés y paso a sintetizarlos:
“Se trata de la aparición de un nuevo movimiento político, social y cultural que vendrá a sacudir los fundamentos corruptos con que se maneja la actual oligarquía antipatriótica hoy desde un gobierno fraudulento.
“Este Movimiento -lo llamamos así, pues la supuesta estructura legal de los partidos políticos no es más que una simulación consensuada entre los factores de poder hoy vigentes-, se sostendrá sobre tres poderosos pilares:
“1. La Industria Nacional. Sostenida a duras penas hoy por esforzados capitalistas, muchos de ellos inmigrantes, que construyeron con gran esfuerzo sus empresas, generando fuentes de trabajo para miles y miles de trabajadores argentinos, con sus familias.
2. El Ejército Argentino. Un grupo importante de oficiales, entre los cuales se cuentan muchos jóvenes, si se entiende por esto cuadros que van desde los grados de capitán hasta algunos generales de brigada y de división.
3. Los trabajadores organizados. No en estos seudo sindicatos domesticados de los llamados socialistas de Juan B. Justo, en realidad cómplices de este sistema explotador, sino genuinos sindicatos, poderosas organizaciones obreras que representen verdaderamente a los millones de obreros -la mayor parte de ellos jujeños, salteños, catamarqueños, riojanos, de todo el Norte Grande, en fin, y de todas las otras provincias, que hoy es, posiblemente, la fuerza principal de esta Nación maravillosa que permanece estancada por la estulticia infame de sus actuales gobernantes”.



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