Capítulo 64
Capítulo 14
A las cinco de la mañana del seis de octubre de 1939 partieron en sulki hacia la ciudad de Selva Pelè Ecì, coordinador general de la comunidad de Lucup Tiquiunk y el padre Salvador Colombo, con el propósito de tomar el colectivo que, a las seis, se detenía en la ciudad gringa de Selva, unos diez minutos, viniendo de Buenos Aires, para continuar luego hasta las ciudades de Santiago del Estero y Tucumán. Con 75 años de edad el sacerdote católico se mantenía aún con aspecto rozagante, animoso y fuerte. Por su parte, Lucup Tiquiunk no había cumplido aún los 55. Así que ambos estaban en un momento importante de sus existencias, lúcidos y talentosos cada uno en sus vocaciones personales, vigorosos y eficaces, en sus habilidades prácticas. Con la ventaja de una experiencia continua en la construcción de una comunidad armónica en lo cultural y social, solidaria en lo económico, productiva sin atravesar ciertos límites respecto del cuidado de la naturaleza, devotamente místicos, en lo espiritual.
Lucup Tiquiunk manejaba el sulki, tirado por un solo caballo, que se deslizaba a mediana velocidad sobre la ruta de tierra apisonada que los aborígenes tonocotés y sanavirones, habitantes de la comunidad, habían abierto hasta Palo Negro y Selva. Y se ocupaban semanalmente de mantener en perfectas condiciones. A los costados se levantaba el bosque espeso, formando cerrados paredones de vegetación. Atrás, como a doscientos metros de distancia, los seguía discretamente Nahuel Palomo, un joven atlético y vivaz, en su bicicleta, por entre la penumbra rosado violácea del amanecer.
Cuando una linterna potentísima se encendió frente a ellos y cinco sombras veloces surgieron de los costados, para cerrarles el camino impidiéndoles pasar. Discretamente, Nahuel se introdujo en el bosque, trepando sigilosamente a un algarrobo, para de allí contemplar lo que sucediera.
Las sombras eran soldados de La Forestal inglesa. Los mandaba un teniente joven, seguramente inglés -pensó el tonocoté oculto-, pues era el único rubio de los cinco.
Durante unos minutos parecieron dialogar. Luego el tonocoté vio cómo se abría la puerta trasera de una camioneta estacionada adelante del sulki, y apuntándoles con fusiles, evidentemente obligaban a subir en condición de prisioneros al aborigen venerable de la tribu Sanavirona y al sacerdote santiagueño.
Luego se fueron. En aquella camioneta y por detrás un automóvil oscuro.
Nahuel dejó transcurrir unos dos minutos y luego salió tras de ellos. Pero no para seguirlos adonde fueran, sino para llegar a la ciudad de Selva, desde donde llamaría por teléfono a Umbídez y el juez Carol, quienes los esperaban a las once de la mañana en el Juzgado Federal de Santiago del Estero. Donde se tramitaba una causa contra la multinacional inglesa, por invasión de tierras, amenazas de muerte a mano armada, incendios sucesivos y reiterados hurtos de madera elaborada.
Por su parte, el padre Colombo y Lucup Tiquiunk dialogaban sentados en el duro suelo de aquella camioneta con caja cerrada, al parecer usada por los gendarmes para sucesivos traslados de presos. Pues aunque parezca increíble, la empresa Forestal inglesa tenía autorización del gobierno argentino para sostener una fuerza policial y paramilitar propia. Cuyas normas a seguir eran las de la corona británica.
Al llegar a un paraje con casitas de ladrillo y cemento, cercadas con alambre de púas, ingresaron a la más grande de ellas, donde los esperaban cuatro señores, con el propósito evidente de interrogarlos.
Mientras tanto Nahuel ya había llegado a Selva y se había comunicado con Umbídez. Directamente del teléfono del intendente -un gringo grandote, criollo descendiente de piamonteses. “Ahora mismo salgo para allá”, le había contestado Umbídez. Nahuel se tranquilizó. Conocía a Umbídez, y sabía que cuando el decía "ahora mismo"... era ahora mismo. Pues no era un humano, sino un Ulalo. Quienes, como se sabe, poseen la capacidad de trasladarse entre lugares distantes en cuestión de segundos.
El grupo que esperaba, tras una mesa ancha, de quebracho colorado, a Lucup Tiquiunk y al padre Colombo, estaba compuesto por cuatro hombres y una mujer. De los cuales tres eran de Buenos Aires, incluso la mujer, y uno -el más gordo, con ropas evidentemente caras, de ojos azules pequeños tras unos anteojos redondos, dorados, inglés. Eso lo sabrían los criollos santiagueños paulatinamente, a medida que se fue desarrollando el diálogo.
El que se había presentado como Martínez de Hoz, les dijo que aún suponiendo que la Corte Suprema argentina aprobara sus acusaciones a La Forestal, la Justicia Inglesa las vetaría. Pues el mismísimo presidente Ortiz había considerado que la causa iniciada por los Sanavirones y Tonocotés constituía “un disparate”. Ya que, desde 1870, un acuerdo de buena voluntad protegía los intereses de la gigantesca fuente de recursos económicos, laborales e incluso culturales que proveía a la Argentina esta noble institución industrial. Además -agregó otro porteño que se había presentado como abogado especialista-, hay leyes dictadas por el Congreso de la Nación, que otorgan a La Forestal inglesa facultades legales sui generes, ad hoc, permitiéndole la constitución de sus propias normas jurídicas y el sostenimiento de una fuerza policial ejecutiva propia.
-¡Esto no es así!- replicó con serenidad Lucup Tiquiunk. -No existe ninguna ley nacional o provincial en Argentina que apruebe formalmente la creación de una fuerza policial independiente con capacidad de aplicar normas jurídicas propias para la empresa La Forestal.
“Aunque en la práctica, esta compañía inglesa operó siempre como un Estado dentro del Estado, en el norte de la provincia de Santa Fe y el Gran Chaco Argentino. La validez legal de una estructura soberana paralela nunca fue respaldada por la legislación argentina. Lo que ocurrió en realidad es que la empresa combinó decretos de emergencia y el uso ilegítimo de una fuerza parapolicial:
“La Gendarmería Volante (Los "Cardenales"). Quienes en muchas oportunidades actuaron como asesinos a sueldo, reprimiendo las masivas huelgas obreras de 1919 y 1921. Mientras, sobornado por libras esterlinas, el gobernador de Santa Fe, Enrique Mosca, creó por decreto una fuerza parapolicial montada, particularmente especializada en reprimir los levantamientos obreros.
“Pero esta falsa policía, con financiamiento privado, pues los uniformes y las armas son provistos por el Estado provincial, el sueldo de los agentes, los caballos, la alimentación y la logística los pagaba y los sigue pagando íntegramente La Forestal.
“Pese a ello, su accionar es ilegal:
“Esta fuerza reprimió brutalmente las protestas obreras (dejando cientos de muertos). El propio jefe de la fuerza admitió que estaba integrada por "malos elementos".
“Aún así, la empresa no aplicaba "normas jurídicas propias" validadas por el Congreso de la Nación o la Legislatura provincial. Impone, de facto, un estricto reglamento interno de carácter laboral y social. Como la moneda corporativa: Emiten "vales" o "fichas" con los que pagan a los hacheros y obreros. Estas fichas solo son válidas dentro de las proveedurías que pertenecen a la propia compañía.
“Pero todas estas acciones adolecen de Lesa Inconstitucionalidad: “El control totalitario de los pueblos forestales (donde la empresa es dueña de las viviendas, los trenes, los almacenes y las vías de comunicación) permite que la Gendarmería Volante haga cumplir las órdenes de los gerentes británicos por la fuerza de las armas, violando flagrantemente la Constitución Nacional.
“Solo bajo el amparo, no de ninguna ley argentina, sino de la corrupción y la complicidad de las autoridades políticas.
“Aunque hasta ahora, somos muy pocos quienes nos atrevemos o se han atrevido a desafiar la impunidad de esta organización delictiva que opera de un modo semi clandestino en nuestra nación”.
Los hombres habían quedado perplejos ante el discurso del aborigen. Ello provocó un silencio prolongado, hasta que por fin habló el obeso inglés (traducido por la mujer porteña).
“Señor... (no pudo pronunciar el nombre de Lucup, pese a que la porteña, que tampoco lo pronunciaba correctamente, una y otra vez se lo repetía), quiero decirle... amigo... si me permite... que no debemos litigar... Podemos arreglar esto pacíficamente... Llegar a un acuerdo caballeros... Nuestra empresa puede ayudar mucho a vuestra comunidad... si ustedes retiran la denuncia...”
No pudo continuar, pues en ese momento ocurrió un fenómeno sobrenatural. Repentinamente apareció -literalmente, se materializó de la nada-, en medio de la habitación... ¡Umbídez!...
Impasible, el Ulalo con forma humana dijo, serenamente.
-Buenas tardes... Soy Ariel Umbídez... Oficial de Justicia de la Provincia de Santiago del Estero...
“Quiero comunicarles que este edificio está rodeado por dieciséis policías armados, dispuestos a ingresar si no salimos todos juntos y en paz en cinco minutos... liberando, por supuesto, al padre Salvador Colombo y al señor Lucup Tiquiunk...”
Media hora después, el padre Salvador y Lucup viajaban en el auto Ford Model 81A Club Coupe por la ruta 34, hacia La Banda, y Santiago del Estero. Mientras comentaban en tono más bien divertido la reciente aventura, vivida conjuntamente.



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