Capítulo 71
Capítulo 21
El capitán (retirado) David Bowie viajaba en tren hacia Tucumán, donde planeaba pasar su primera semana de vacaciones desde que asumiera el comando de las fuerzas represivas privadas en La Forestal Company, casi un año atrás. Además del clima paradisíaco en los cerros durante la estación otoñal, le habían ponderado la eficacia sensual de las chicas que trabajaban en ciertos lugares de diversión nocturna, cuestión importante para recuperar su ánimo, un tanto decaído durante los últimos días.
A la rutina agobiadora entre seres primitivos cuyas lenguas -español y dialectos indígenas-, apenas comprendía, bajo temperaturas calenturientas, entre polvaredas insólitas durante algunas acciones contra protestas laborales, las comidas de mala calidad -aún cuando los ingleses recibían lo mejor que se pudiera obtener en mercados argentinos- se sumaba la carga de una esposa inválida, desde sus 23 años, poco después de haber contraído matrimonio, debido a lo cual no habían podido obtener descendencia.
Se había sumado además, durante su primera etapa de servicio activo -unos ocho años-, el cada vez menor entusiasmo con su actividad militar. Debido a lo cual solicitó el retiro.
Ahora, pudiendo haber viajado a visitar a su esposa, había preferido evitarlo. Ya que, a la temulenta condición en que se hallaba reducida, se sumaba esta fatalidad de haber el Imperio Británico declarado la guerra. Lo cual despertaba en Bowie un temor de ser convocado nuevamente al Ejército de su Majestad, incluso con el peligro de terminar en el frente. Aquello, sumado a los actuales bombardeos sobre Londres y Liverpool, despertaba en el capitán Bowie inquietudes contrapuestas: por una parte, el temor a quedar bajo las bombas; por otra -aunque esta última reprimida en el subconsciente- de que alguna de aquellas lo librase por fin de una mujer inservible (aunque se guardara de manifestarlo en público), junto a la obligación de erogar un veinte por ciento de su salario en mantener dos enfermeras, más los medicamentos, para el cuidado permanente que precisaba su cónyuge.
Cuando el tren se detuvo en Frías, donde permanecería quince minutos, Bowie prefirió esperar en su sitio de Primera Clase, aprovechando para distraerse leyendo un poco más de la novela The Well of Loneliness, de Marguerite Radclyffe.
Apenas había comenzado a hacerlo cuando se le pusieron delante dos policías jóvenes, uniformados. El que llevaba la insignia de oficial -rubio, bien parecido-, se dirigió a él:
-¿Capitán David Bowie?-exclamó.
-Así es... -contestó el mencionado.
-Debe acompañarnos unos minutos a la oficina de guardia policial, aquí nomás, en la Estación. Es para firmar el libro, como constancia de que ha llegado hasta aquí en perfectas condiciones. Luego nuestro jefe se comunicará por teléfono con La Forestal, para avisarles.
David Bowie se incorporó de inmediato.
-Serán apenas dos minutos o tres... -lo tranquilizó el joven oficial de policía, cediéndole el paso para que bajase en primer lugar.
Ya sobre el veredón de cemento de la estación, lo guiaron hasta el edificio principal. Pero al llegar allí, en vez de ingresar, el segundo agente, un moreno robusto, lo tomó del brazo e indicó:
-Por acá, señor-, señalando con la otra mano hacia un portón de salida.
-¿No está en el edificio la guardia?-se alarmó el inglés.
Entonces el joven oficial apoyó en su cuello el largo caño de un revolver calibre 45.
-Siga por donde le indica mi compañero- masculló secamente.
El inglés, asustado, pero sin atinar a responder, obedeció. ¡Nadie parecía darse cuenta de nada! la gente iba y venía alrededor mientras estos hombres lo llevaban, uno tomándolo del brazo y otro apuntándolo con un revolver, hacia la salida, sin que les llamara en absoluto la atención.
De tal manera, llegaron hasta una camioneta con techo rígido que evidentemente los esperaba. Dos hombres más, lo ayudaron a subir y ubicarse en uno de los asientos que había a los lados, en su interior, colocándose luego, el más fornido al frente y otro también robusto, aunque retacón, junto a él. Ambos portaban escopetas cortas, aunque, además, tenían revólveres en sus cartucheras al cinto.
-¿Por qué me capturan?... ¿adónde me llevan? -atinó a preguntar el oficial inglés.
-Usted, tranquilo... -contestó el grandote, frente a él-, no le va a pasar nada... mientras se mantenga tranquilo.
El capitán británico obedeció.
Como media hora después llegaron a una especie de campamento rural, en medio de un tupido monte santiagueño. Alcanzó a ver cuatro o cinco casitas, humildes, de ladrillo y con techo de cemento, sin revocar... antes de que lo introdujeran en una de ellas.
Allí, tras de una mesa, los esperaban cuatro personas más, entre ellos una mujer joven. Fue ella quien le hablaría:
-Señor Bowie, usted fue acusado de reiteradas violaciones a los derechos de los trabajadores forestales e industriales de la Compañía Forestal Argentina...
-¿Ah, sí? ¿Y quién me acusa? -exclamó Bowie.
-¡Guarde silencio! -le espetó el rubio que lo había capturado.
-Nuestro tribunal revolucionario lo ha condenado a abonar una indemnización -continuó la joven mujer ("bastante bonita, aunque sin ningún arreglo", pensó el inglés), que deberá efectivizarse, como máximo, 48 horas después de que La Forestal reciba la notificación. De lo contrario, usted deberá permanecer indefinidamente en poder de nuestros Comandos Revolucionarios Populares. Que resultarán habilitados a ejecutarlo en caso de suscitarse alguna circunstancia de aproximación peligrosa de posibles acciones represivas o de rastreo por parte de las fuerzas contrarrevolucionarias.
-¿Ejecutarme? -se escandalizó el capitán David Bowie- ¡Yo no he cometido ningún delito! ¡Ocupo un puesto legítimo en una empresa comercial, autorizada por el estado argentino!
-Silencio-, repitió el rubio.
-Por favor, lea y firme este documento, en sus tres copias- indicó la joven bonita, extendiendo cuatro hojas redactadas con máquina de escribir, en su mano izquierda.
“No tiene las uñas largas... ni pintadas, como todas las mujeres”, pensó el inglés, mientras estiraba su brazo derecho, a la vez, para recibir los papeles. Leyó:
“El Comando Revolucionario Popular ha capturado al señor David Bowie, oficial retirado de nacionalidad británica, quien fuera juzgado por un tribunal ad hoc. El cual lo encontró culpable, de los siguientes delitos:
“ 1. Represión ilegal con uso de violencia física y armas de guerra, en contra de trabajadores forestales e industriales argentinos, quienes se manifestaban pacíficamente en defensa de sus derechos salariales y humanos.
2. Secuestro, torturas y privación ilegítima de la libertad a varios delegados obreros.
3. Muerte sospechosa de cuatro trabajadores, en diferentes circunstancias sin esclarecer, dos de ellos aborígenes, siendo todos delegados obreros en sus respectivas áreas laborales.
“Debido a lo cual este tribunal ha resuelto aplicar veinte años de prisión, no excarcelables, al militar extranjero. Con habilitación a nuestros comandos para ejecutarlo sumariamente en caso de posible detección por parte de patrullas policiales o cualquier otra de sus colaboradores privados y estatales corruptos.
4. Como única alternativa al efectivo cumplimiento físico de esta condena por el capitán inglés (r) David Bowie, se determina la posibilidad de un rescate indemnizatorio, fijado en 120.000 libras esterlinas. Las cuales, en caso de ser aceptada nuestra demanda por la empresa deudora, esto es Compañía Forestal Franco-Inglesa Argentina, debería ser abonada por medio de un cheque al portador emitido para tal propósito en pesos argentinos. Por la suma total de 1.500.000 pesos argentinos. Librados en cuatro talones, dos por 300.000 pesos argentinos, dos por 200.000, sin fechas de vencimiento.
El siguiente resumen informativo convalida en presencia del condenado, capitán (r) del Ejército Inglés, don David Bowie, quien acepta nuestro fallo y las condiciones fijadas por el mismo en este acto, con su firma al pie.
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Firma
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Aclaración Huella digital
Bowie se quedó mirando la hoja mecanografiada, abstraído, sin decir nada.
-Bueno, firme -le ordenó el mismo rubio que lo había secuestrado.
-Yo no voy a firmar esto...-contestó el ya maduro inglés... -esto es absurdo...
-Firme o prepárese para ser trasladado a nuestra cárcel del pueblo, en el corazón del Chaco Boreal... donde será controlado y deberá trabajar sirviendo en tareas rurales para nuestros hermanos indígenas. Le aseguro que no serán años muy parecidos a los de Londres, los que le tocarán pasar.
-Firmaré... -respondió el inglés, tomando la estilográfica Escritor -marca patentada en Argentina por la empresa Artcraft-, con la que asentó su rúbrica en los cuatro papeles enseguida.
Luego, se acercó uno de los hombres que acompañaban a la joven lectora, y tomando el pulgar derecho del inglés lo apoyó sobre una almohadilla de sellos, para, luego de habérselo entintado, aplicarlo, también, en los documentos “judiciales” de la organización comunista.
Cuatro días después, se había logrado un acuerdo. Entre los guerrilleros y la compañía Forestal Argentina, de capitales franceses e ingleses.
Apenas una hora después de recibida la comunicación de sus secuestradores, se había reunido la comisión administradora y sus asesores. Decidiendo que responderían favorablemente la exigencia de los revolucionarios marxistas. Aunque no compartían para nada, por cierto, ninguna de sus afirmaciones ni el valor legal de su “juicio”. Sólo querían evitar cualquier daño físico a un súbdito inglés, miembro clave de la administración local de la compañía. Así como que el asunto llegara a convertirse en un escándalo público.
Leandro Ariel Martínez de Hoz, joven abogado porteño e hijo de uno de los gerentes administrativos, fue el designado para negociar, y disponer de los medios necesarios, además de poder para decidir los pasos que se darían luego de dialogar con los subversivos.
En 24 horas se acordó un encuentro, en un apartado pueblo de la selva santafesina. Donde se entregó la “indemnización” exigida por los guerrilleros. Recibiendo, en el mismo lugar, al capitán David Bowie, un poco asustado y algo desaliñado, pero en perfectas condiciones físicas y de salud.
El operativo había sido ejecutado con tal precisión, que ni siquiera llegó a ocupar algún pequeño espacio en ninguno de los diarios de la región ni de la Capital Federal.
Pronto se difundiría de boca en boca la hazaña efectuada por estos jóvenes. Quienes eran apenas un puñado de veinte o treinta muchachos y unas diez mujeres, en total. Contando entre ellos a obreros, intelectuales de clase media y aborígenes. Dado que, gracias a los fondos obtenidos con esta acción relámpago, varias comunidades aborígenes habían podido edificar sus casitas de ladrillo y cemento, formando barrios comunitarios de trabajadores rurales.
Y los subversivos aplicaron hasta los últimos fondos recibidos en la fundación de bibliotecas populares, comedores para los que no tenían ingresos suficientes y salas de Primeros Auxilios.
Cerca de un mes más tarde, Armando Scrimini, dirigente socialista fue a visitar a Tino Rossi. Joven tornero mecánico oriundo de San Francisco, provincia de Córdoba. Que se había radicado en La Banda, protegido por camaradas, luego del asesinato de su padre por bandas parapoliciales. Durante la represión a las movilizaciones obreras denominadas “El Tampierazo”, en 1929.
Las cuales durante cinco meses habían logrado tomar el control de prácticamente toda aquella ciudad industrial, manteniéndolo hasta que la ultra derecha fascista de la capital de Córdoba, apoyada por policías y conducida por oficiales del ejército, pagados por la oligarquía cordobesa, se instalaron durante casi un mes atacando cotidianamente a los obreros locales y provocando varias muertes, hasta expulsarlos de las calles que les pertenecían por haberlas habitado siempre, desde su fundación. Muchos, como inmigrantes recién llegados, principalmente del Piamonte italiano, otros -la mayoría- por haber nacido allí, siendo niños y niñas, primeras generaciones argentinas.
Se decía en corrillos de la izquierda socialista y asociaciones sindicales, que Tino Rossi era el jefe de la guerrilla comunista que secuestrara al capitán inglés. Y algunas otras acciones parecidas, como decomiso de agua, alimentos o prendas de vestir, a grandes empresas de la región. Para distribuirlas luego entre los más humildes.
Armando, que ya rondaba los setenta y tres años de edad, había sido uno de los primeros que recibiese con cariño filial a Tino, cuando Samuel Yussem y otros camaradas lo habían traído huérfano, adolescente, casi un niño, para quedarse definitivamente en La Banda.
-Podría felicitarte por la acción concretada exitosamente con el represor inglés de la Forestal-exclamó Armando apenas se hubieron sentado a charlar, mate en mano, en el comedor de la casita de barrio que Tino habitaba, con su joven esposa y dos hijitos.
-Pero no lo haré. Me parece más importante compartir contigo mis preocupaciones. Que son varias...
“En primer lugar, mi preocupación por vos y tu familia...
“Por todos lados se dice que vos sos el “comandante” de la guerrilla, de los Comandos Revolucionarios Populares... tené por seguro que si aún no lo sabe la policía, pronto le va a llegar, nunca falta algún soplón...
“Sabes el afecto que tengo por vos... te he visto llegar, casi un niño aún, y transformarte en un obrero especializado, un técnico respetado y que no necesita de nadie para sostenerse a sí mismo y a su familia, con dignidad proletaria.
“¿Qué necesidad tienes de andar arriesgando tu vida y la existencia misma de tu familia, en acciones quijotescas, loables sin duda, en algún aspecto, pero totalmente distanciada de la lógica que nos exige el materialismo dialéctico y, aún más, el sentido común?
“Te digo esto como un amigo de tu padre, un camarada marxista leninista, que lo fuimos desde casi nuestra adolescencia, casi desde nuestros primeros tiempos en la Argentina, encontrándonos año a año en los Congresos Nacionales, primero del Partido Socialista, luego del triunfo de la Revolución Rusa, compañeros, también, desde la fundación, en el Partido Comunista Argentino.
“La Revolución Rusa fue un ejemplo, por cierto. Hubo violencia en la revolución. Pero fue la violencia de todo un pueblo... cientos de miles de obreros, campesinos, soldados, hartos de una autocracia que había esclavizado a toda la inmensa población durante casi dos mil años... fue una violencia popular, masiva, que con dolores de parto, daría lugar a una sociedad nueva...
“Pero lo tuyo es quijotesco... más parecido al levantamiento de Espartaco que a una revolución socialista, científicamente planificada, como debe ser, como la estamos llevando a cabo científica y ordenadamente miles, millones de camaradas en todo el mundo, con el propósito de construir un mundo nuevo, un mundo socialista, como se manifestará inexorablemente a medida que avance la historia humana... a través de métodos pacíficos, democráticos, por medio de nuestro partido, que hoy tiene sedes instaladas y en crecimiento casi en cada ciudad del mundo...
Tino lo escuchaba en silencio, mientras amasaba las tortillas que pronto cocería en el hornito eléctrico... para acompañar la cena de esta noche con su familia, y el desayuno de mañana.
-Por favor, querido hijo... abandona estas aventuras, y vuelve a la militancia normal... vuelve a las reuniones del Partido, participa de nuestros picnics populares y de concientización… Sabes que nunca hemos dejado de creer que volverías.



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